martes, 7 de octubre de 2014

La soledad del viajero

Esta vez fue él quien abrió la puerta de la habitación para dejar entrar a la mujer justo cuando el primer rayo de sol se dividía en mil pedazos tras atravesar la ventana y lamer la daga que descansaba junto a la mesa.

- ¡Buenos días!
- Vaya... ¡buenos días!

El sargento llevaba un papel doblado en la mano, atado con un hilo a una preciosa rosa.

- Hoy vuelvo a casa, pero no podía abandonar este lugar sin agradecerle de corazón todo lo que ha hecho por mí.

La mujer tardó unos segundos en reaccionar. Se quedó paralizada, incapaz de hacer ningún gesto o de emitir sonido alguno. La reacción llegó acompañada de un súbito enrojecimiento de toda la cara

- Gracias... la verdad es que no sé qué decir.

- No hace falta que diga nada, era un pequeño detalle que quería tener con usted. - Tomó la bandeja del desayuno y la posó sobre la vieja mesa. - Siento no poder acompañarla hoy, pero quería desayunar lo más rápidamente posible e irme a casa. Supongo que lo comprenderá.

- ¡Por supuesto! Me alegro de que ya se haya recuperado. Le echaremos de menos por aquí, pero no diré que espero que vuelva. - Una sonrisa de complicidad se dibujó en el rostro de la enfermera, que  poco a poco iba volviendo a la normalidad.

La habitación se iluminaba lentamente, y el hombre ya se encontraba solo. Devoró el monótono desayuno tan rápido como le permitió la cuchara y se encaminó como un rayo hacia la cabaña del oficial responsable.

- Buen viaje a casa, Vardamir. - Recuerde que tiene dos meses de permiso hasta que le volvamos a llamar.

Eligió un caballo de la caballeriza, pidió que lo ensillaran y fue al almacén a por suministros; el viaje duraría un par de días. Aunque conocía una posada a mitad de camino, prefirió avituallarse bien.

Recogió al caballo y partió a casa... de nuevo a casa.

Volvería a abrazar a sus hijos. Pero también a ella, a la mujer que tanto amaba, a la que siempre veía reflejada en la luna. Hasta en las más oscuras noches ella siempre tenía un lugar iluminado en el firmamento de su corazón. Volvería a tocarla, a mirarla como el primer día, a besarla y acariciarla. Volverían a pasear juntos de noche, como siempre habían hecho. Solo serían dos meses, pero eso no importaba ahora. Su cabeza solo tenía un pensamiento.

Atrás quedó el sufrimiento, el miedo y la espera insoportable en aquella cama, las muletas, los desayunos repetidos hasta la saciedad. Atrás quedaban también las escenas en las que había mirado a la muerte a la cara, el dolor en la pierna y la soledad.

Mientras se alejaba, una silueta le observaba desde la ventana de la habitación, triste y contenta a la vez.  La rosa descansaba boca abajo junto a la cama.

Ni siquiera estuvo tentado de mirar atrás, y el terreno que había por delante tampoco importaba mucho, sabía qué dirección tenía que seguir y que solo era cuestión de tiempo.

El día transcurrió largo y aburrido, haciendo las paradas necesarias para que el caballo descansase. Él no se sentía cansado, de hecho no le habría importado cabalgar toda la noche. Lejos de reposar junto al animal, se internaba en la espesura en busca de frutos silvestres que recogía y compartía con la bestia. También daba paseos o practicaba con el arco. No podía estar quieto, los nervios cada vez eran más intensos.

La claridad ya agonizaba cuando llegó a la posada. Dejó al caballo descansando y se acostó tras tomar una jarra de cerveza. Apenas durmió esa noche, esperando que pasara lo más rápidamente posible para seguir el camino.

Despertó a su compañero de viaje antes que el amanecer y se pusieron de nuevo en camino.

Volvía a casa una vez más... pero esta vez no era el único. Dos personas más se dirigían al mismo lugar...

jueves, 27 de febrero de 2014

El pequeño cazador

A medida que el carromato se perdía de vista por el casi imperceptible camino, en la aldea se hacía cada vez más latente una sensación de impotencia, desesperación e incertidumbre. Todos los habitantes volvían a sus casas con las miradas tan vacías como las mentes. Nadie quedó fuera de su hogar, y cada uno afrontaba la situación como podía, aunque sin saber muy bien qué hacer.

En una de las construcciones, un niño permanecía de pie junto a la ventana. La expresión era absurda, casi cómica; observaba el lugar donde minutos antes la niña había sido atacada sin hacer ningún gesto más. Su boca se abría y cerraba de manera incontrolable y las pupilas describían minúsculos círculos. Su madre le observaba sin poder hacer nada, de rodillas,  mientras sus preciosos ojos se llenaban de destellos por doquier.

El sol todavía iluminaba con fuerza el paisaje. Aunque la tarde ya estaba entrada, aún proporcionaba una agradable sensación de calor. El pequeño Vardamir se dio por fin la vuelta, besó a su madre y se quedó abrazado a ella llorando hasta que le abandonaron las fuerzas y se sumió en un profundo sueño. Su madre le llevó en brazos hasta la cama y le arropó, para pasar a ser ella quien ocupara el puesto junto a la ventana.

Observaba inmóvil el lugar del ataque, deseando con todas sus fuerzas que la niña se recuperase, aunque algo le decía que todo aquello traería graves consecuencias. Fuera todo parecía haber perdido color, el silencio era insoportable.


Mahtan observaba la escena desde la distancia, junto a su compañera de travesuras. Nadie parecía haber reparado en los pequeños, que habían estado jugando en los alrededores de la aldea en el momento del ataque. Los niños de su edad podían alejarse en sus juegos unos metros de la aldea, mientras que los pequeños, como su hermano debían permanecer dentro de la empalizada.

Mahtan sabía que no debía retrasarse, pero la idea de seguir al carro sin que nadie le viera le atraía demasiado.

- Debemos volver, Mahtan; seguro que nos están buscando.

- Nunca he ido por ese camino... ¿a dónde llevará? ¿Por qué va tanta gente?

- Mahtan... - La niña se encontraba visiblemente asustada.

- ¡Vamos a seguirlos!

- ¡Debemos volver! - Las lágrimas se escapaban de los dominios de sus hermosos ojos verdes.

- Pero... - Mahtan no podía mirar a la niña, su mente estaba puesta en el carromato que ya se encontraba a una distancia considerable. - Te acompañaré a la aldea y volveré.

Los niños llegaron en pocos minutos a la aldea, se despidieron y Mahtan echó a correr en la dirección contraria, volviendo al punto donde vieron el carro por última vez.

No parecía difícil seguir las huellas, así que se llenó de valor y siguió corriendo durante un rato mientras la fuerza del sol iba perdiendo intensidad.

El carro se movía despacio, pues el camino era muy irregular y la niña no debía estar sometida a demasiado movimiento. La curandera cubría sus heridas con trapos untados en ungüentos curativos, mientras el Viejo la observaba con un gesto ensombrecido.

Ya no había rastro del sol cuando divisaron la cabaña como un pequeño punto sobre una colina, hacia el norte. La respiración de la niña era débil pero estable, y el semblante del Viejo se relajó ligeramente. El niño les seguía a unos cuatrocientos metros de distancia. Exhausto tras la caminata, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para llegar al menos al carruaje, pues ya no tenía posibilidad de volver a casa.

La comitiva se situó frente a la cabaña que parecía vacía, como abandonada, y el Viejo llamaba a voces a alguien que no respondía... o no estaba en casa. Se bajó del carromato dispuesto a llamar a la puerta. Una noche sin luna llenaba el lugar de calma.
Mahtan a penas podía distinguir ya nada en la oscuridad, y se desplazaba muy despacio intentando averiguar la dirección de las huellas, estaba increíblemente cansado y empezaba a desesperarse.

Una mano tapó su boca y otra le inmovilizó...



jueves, 9 de enero de 2014

Obstáculos

Desesperado, intentó luchar por salir de aquellas arenas movedizas. Las armas pesaban tanto que apenas podía moverlas, haciendo un gran esfuerzo con el hombro herido, que sangraba a borbotones.

El humo negro del último enemigo se revolvía sobre su cabeza, oscureciendo aún más la escena. Finalmente y sin resuello se resignó a esperar el final, mientras las armas le empujaban más y más hacia abajo. La temperatura helada de la tierra le congelaba hasta los huesos, apenas sentía ya las articulaciones cuando tomó la última bocanada de aire antes de sumergirse casi de lleno en el fango.

Su pelo se cubrió finalmente de lodo cuando en su cabeza solo contemplaba el pensamiento de que había sido derrotado, ni si quiera se planteó la idea de por qué no había tomado el otro camino, más fácil. Sabía que ese era el camino difícil, y, aún así lo había tomado sin saber exactamente por qué...

Justo antes de desfallecer, notó cómo poco a poco iba recuperando la sensibilidad en todo el cuerpo, cómo el frío desaparecía de sus huesos y cómo la presión en el pecho por la falta de oxígeno se aliviaba al sacar de nuevo la cabeza y tomar una intensa bocanada de vida. La tierra que poco a poco le había ido empujando hacia abajo, comenzaba a elevarle dulcemente, a la vez que las armas se hacían livianas en sus manos. 

Mientras se recuperaba se dio cuenta de que el sol volvía a brillar, la tierra ya no era fangosa; el frío, que antes había paralizado todas sus articulaciones, se había transformado en una agradable temperatura y una sensación de bienestar. Se encontraba envuelto en una esfera etérea, casi transparente, aunque de una tonalidad verdosa en cuyo centro había una figura de apariencia humana. El cuerpo era claramente de mujer, y una larga capucha cubría sus facciones hasta la boca. Por la cara se deslizaban preciosos mechones negros que describían bucles imposibles reflejando el brillo del sol, que solo brillaba dentro de la esfera.

Tardó unos instantes en apartar su mirada de la figura, que vestía una túnica blanca inmaculada con ribetes color esmeralda. Se dio cuenta de que dentro de la esfera todo era idílico, agradable, incluso él mismo no habría podido imaginar una sensación mayor de bienestar. Sin embargo, fuera nada había cambiado, todo estaba cubierto por una tenue oscuridad, el suelo seguía yermo y lleno de rocas. Los árboles, grises, parecían pedir a gritos ser bañados por la luz del sol.

Sacó la mano del escudo fuera de la esfera y tuvo que meterla de nuevo de inmediato, ya que se volvía tan pesado que a punto estuvo de dislocarle el hombro... El hombro. Se llevó la mano al hombro herido para comprobar que ya no quedaba nada de la lesión, tan solo un agujero en la ropa. 

Miró a la mujer, pero, antes de que pudiera articular palabra, ésta se llevó un dedo a los labios indicándole que guardara silencio... Tras unos instantes, dijo:

- Todo esto es lo que tú has creado, todo está en tu mente.

- ¿En mi mente?

- Sí, al igual que todas las respuestas a las preguntas que ahora mismo te estás haciendo.

- ¿Por qué tomé este camino en lugar del otro?

La imagen de la mujer se iba tornando borrosa poco a poco.

- Tú mismo sabes por qué... quizás te ayude preguntarte mejor qué quieres encontrar. Los caminos se toman para encontrar algo al final.

- No sé qué quiero encontrar.

- ¿Estás seguro? - La voz se hacía más y más tenue a medida que la figura desaparecía poco a poco.

- ¡Espera! ¡No te vayas! - La silueta era ya casi imperceptible... Mahtan intentó coger su mano, pero ésta se convirtió en humo verde, que iba consumiendo el resto del cuerpo. - ¡A ti! ¡Te busco a ti! ¡Busco esta sensación de bienestar! - La boca de la mujer esbozó una pequeña sonrisa antes de ser consumida por el humo.

Volvía al punto inicial, antes de ser tragado por la tierra... Sin más opción, siguió caminando. La historia siempre se repetía: empezaba a caminar, cada vez todo se hacía más lento y pesado; el camino se tornaba más y más difícil. Siempre estaba a punto de morir por las heridas de una de las criaturas a las que se enfrentaba, o de nuevo tragado por el fango, o, incluso, en trampas naturales que le partían las piernas... Pero siempre, en el último instante, la mujer volvía junto con su esfera de tranquilidad y le salvaba de la muerte. Le repetía que todo estaba en su mente, y todo volvía a empezar.

Antes de retomar el camino una de tantas veces, se dio cuenta de verdad de que todo ese sufrimiento estaba en su mente; hizo acopio de fuerza de voluntad para intentar superarlo. Comprendió que eran sensaciones de su vida que no había terminado de asimilar, aunque manifestados en ese extraño universo. Entendió la frustración que le causaba el no poder manejar las armas; también el hecho de que no podía deshacerse de los problemas simplemente soltándolos, ya que volverían a él como hacía la pesada espada. Aquello con lo que se enfrentaba a sus enemigos le hacía torpe y lento, y le encaminaba una y otra vez al sufrimiento.

A medida que aclaraba sus pensamientos, la escena dejaba de repetirse. El camino ya nunca más se hizo pesado, la espada volvía a ser liviana y manejable y el escudo, fiable. La silueta dejó de aparecer, pues ya no la necesitaba para salvar la situación.

Por fin llegó al final del recorrido. 

Se encontraba en el borde de un acantilado. El cielo era de un color azul intenso, con blancas nubes que parecían dibujar figuras en el aire. El suelo estaba cubierto de hierba y flores preciosas y la fresca brisa marina secaba su sudor y le proporcionaba una agradable sensación.

Sobre una piedra se encontraba la figura, esta vez totalmente corpórea:

- Aquí estás, has superado las dificultades que tú mismo te ponías sin saberlo. Así debe ser. Cada vez que te obsesionas por encontrarla pones un obstáculo en el camino. Ese camino es sencillo si tienes paciencia, solo tú te pones las trabas Mahtan. Recuerda, todo llega a su debido tiempo. No lo olvides.

Se levantó poco a poco la capucha para desvelar lo que Mahtan ya sabía: esos ojos eran inconfundibles.



domingo, 22 de diciembre de 2013

Un profundo sueño

Observó al orgulloso soldado, que la miraba con ojos vacíos, como contemplando un yermo paisaje a cientos de kilómetros de allí. La joven recogió su puñal, que había salido despedido cuando el hombre le golpeó en la ceja, el dolor era insoportable. Sufrió un pequeño mareo al agacharse y la sangre de su ceja partida comenzó a caer al suelo; tambaleándose, pisó la mano herida de agonizante soldado.

- ¡Hazlo de una vez, zorra! 

Esmeralda se debatía entre acabar con su miserable existencia o dejarle sufrir hasta que se desangrase... Miró a la mujer. La humilde campesina tenía la cara desfigurada por el terror, estaba agazapada en una esquina, sollozando constantemente y temblando de manera preocupante. Un mar de sentimientos enfrentados se agitaba en su mente, después de todo, los problemas habían llegado al recoger a esa muchacha en las inmediaciones de la cabaña.

La otrora princesa sentía cómo su mente quedaba poco a poco envuelta en una bruma que entorpecía sus pensamientos; y toda su atención se centraba ahora en pensar cómo detener la hemorragia de su rostro. Lo último que recordó fue ver al campesino entrando en la casa, con el rostro marcado por la ira y portando una espada. Esmeralda se desmayó justo cuando el corazón del agonizante soldado se detenía al ser traspasado por el frío acero.

Se transportó a un etéreo mundo donde volvía a ser una niña en la aldea. El sueño era extraño, con gente cuyos rostros no recordaba o no sabía identificar; de repente volvía a aparecer en algunas escenas de su vida adolescente, para acabar en aquel castillo del que se fugó hacía ya varios días. El sueño se repetía constantemente, solo interrumpido por vagos recuerdos de que alguien la despertara para darle algo de comer. Tras la escasa ingesta, volvía a caer de nuevo en el lecho, sumiéndose en la profundidad.

El sol se abría paso en un cielo cubierto de densas nubes grises, luchando palmo a palmo para imponer su claridad en el bosque. El agujero de la ventana había sido reparado de forma demasiado casera, unas precarias telas hacían la función del destrozado cristal. Pudo ver a través de ella la oscura forma de tres tumbas en la lejanía.

Junto a ella, apoyado en la pared, pudo ver también su arco, el carcaj de flechas y lo que aún era utilizable de su vieja ropa. Oyó también el sonido rítmico de los aperos de labranza en el exterior y se dispuso a levantarse. Sentía un hambre monstruosa y vio que tenía preparados unos panecillos con carne seca y una taza con hierbas para hacerse un té. Se levantó, cogió un panecillo y sacó agua hirviendo del caldero sobre el fuego.

El pan estaba bastante duro, lo que hacía pensar que había sido cocinado hacía varios días... La carne, sin embargo, tenía un sabor excelente.

La puerta de la despensa se abrió dejando ver a la campesina con un gran trozo de venado curado y varias verduras. Rápidamente de acercó a ayudarla, lo que provocó una reacción de tensión en la mujer.

- Lo siento... solo quería intentar ayudar... les estoy muy agradecida.

- No tiene importancia, pero nos gustaría que te fueras cuanto antes...

- Siento muchísimo los problemas causados, me iré en cuando pueda... pero déjeme ayudar, es muy importante para mí.

La mujer cedió y permitió que Esmeralda llevara algunas cosas a la mesa. Acto seguido comenzó a preparar su petate.

- ¿No te quedas a comer?

La joven se giró y sonrió, emitiendo un precioso destello verde en sus ojos.



lunes, 4 de noviembre de 2013

El camino difícil

Se encontraba en medio de un cruce de caminos, el sol ardía en el cielo, iluminando todo el paisaje. La zona quedaba envuelta entre altas montañas escarpadas, con algunos pequeños árboles ubicados sin ningún tipo de orden. Su mano derecha sujetaba firmemente una espada larga, de un material que no supo distinguir, aunque sí que notó que era muy ligero. La hoja escupía el reflejo del sol, que a su vez rebotaba contra el metal del escudo que sujetaba con su mano izquierda. Éste era de madera maciza, recubierta con una protección de acero.

Una sombra en el suelo le alertó, con el tiempo justo para girar y golpear con el escudo a un ser que atacaba desde el aire. El golpe aturdió por unos instantes a la criatura, lo que dio tiempo a Mahtan para recuperarse y adoptar una posición ofensiva.

El atacante volvía a incorporarse, tenía las alas grandes, cubiertas de plumas negras y tres garras en la punta, haciendo eje con el torso. Las patas posteriores tenían cierta similitud con las de un lagarto, pero eran más fibrosas y con uñas afiladas. La cabeza era totalmente calva, y la mandíbula albergaba un hocico cubierto de dientes afilados como cuchillas.

La bestia cargó y Mahtan esquivó el golpe con un ágil movimiento lateral, pero la espada, en un gesto involuntario, guió el brazo del Lobo hasta la cabeza del ser, golpeándola con la empuñadura y tirándola al suelo. El escudo se movió también solo, aplastando el cuello del animal contra el suelo, destrozando los huesos y dejándolo moribundo. El soldado acabó con la agonía. La espada tenía un tenue resplandor verde.

Al recuperar la espada, no había ni rastro de sangre y los restos de la criatura comenzaron a arder, convirtiéndose rápidamente en un intenso humo negro. Finalmente se consumieron.

Mahtan miró al frente, los dos caminos guardaban muchas diferencias entre sí: Uno era muy llano, una leve bajada con un suelo de tierra, plano y sin vegetación. Carecía casi por completo de rocas y obstáculos, y a lo lejos podía distinguirse el brillo de una fuente natural. Había algo que lo hacía extremadamente hipnótico, casi ilusorio.

Formando ángulo con éste se presentaba la otra posibilidad. Un camino tortuoso, lleno de subidas y bajadas, de un terreno plagado de piedras, y maleza. Intentar adivinar qué había más allá se antojaba muy complicado, pues la maleza, los árboles desnudos y las rocas hacían difícil seguir la senda con la mirada. Si Mahtan se decidía por ese camino, sabía que iba a tener que pelear.

Volvió la vista hacia la primera opción. Parecía realmente cómodo. Giró de nuevo, por el cielo volaban criaturas como la que acababa de ver... Dio un paso hacia el camino fácil... pero justo antes de apartar su mirada, algo le hizo vacilar; un destello verde como el de la espada se distinguía al fondo.

Se decidió definitivamente por el camino difícil.

Llevaba muy poco caminado cuando notó cómo decenas de guijarros se le clavaban a cada paso; el terreno estaba fangoso, y el barro se adhería a sus botas, haciéndolas pesadas y dificultando el paso.

Varios enemigos voladores intentaron derribarle, pero la espada volvía a lucir y a dirigir su brazo, causando impactos certeros y fatales para los enemigos. Así siguió durante largo rato. Casi exhausto se decidió a parar unos segundos. Miró hacia atrás y vio con gran decepción lo poco que había avanzado. Notó que la oscuridad se cernía poco a poco sobre él, y miró hacia el cénit intentando encontrar la esfera solar. Allí la encontró, aunque lejos de su habitual resplandor, solo proyectaba una tenue luz, que iba siendo absorbida poco a poco por las sombras.

Sus pies se hundían más y más a cada paso, y cada vez que desencajar uno del barro para seguir avanzando  resultaba un esfuerzo aterrador. Finalmente quedó hundido hasta las rodillas. Mientras recuperaba el resuello otra criatura le atacó, y, sin la posibilidad de encararse, ésta le hirió en un hombro, haciéndole soltar el escudo, que mágicamente volvió a su mano izquierda. Las armas eran cada vez más pesadas y ya no bailaban solas hacia el enemigo, que se preparaba para atacar una vez más.

En el último instante consiguió cubrir su cuerpo con el escudo para detener la embestida. Sus últimas energías se invirtieron en lanzar una última estocada contra el atacante, que estalló con la cabeza partida en dos.

Mahtan no podía sujetar las armas más tiempo, se habían vuelto extremadamente pesadas, y cada vez se hundía más en el fango... Intentó soltarlas, pero estas volvieron a su mano.

Sin fuerzas, se resignó a esperar al final... el escudo arrastraba su brazo izquierdo hacia el fondo, secundado por la espada....

miércoles, 23 de octubre de 2013

Una alegre mañana

El primer rayo de sol que presentaba al amanecer acarició sus ojos. Antes de abrirlos volvió a percibir, una vez más, el característico y aborrecido olor del desayuno. Como cada día, la misma enfermera entraba justo con la primera luz del alba, daba cuatro ruidosos pasos y dejaba el mismo cuenco en la misma mesa, acompañado, como siempre, de un vaso lleno de agua.

- ¡Buenos días, sargento! ¿Cómo se encuentra hoy? - Una y otra vez volvía a escuchar las mismas palabras al despertarse.

- Supongo que mejor que ayer y peor que mañana... Buenos días. - Por enésima vez esas volvían a ser las primeras palabras que pronunciaba cada día. - Y gracias por el desayuno, siempre tan puntual... 

- Es mi trabajo, señor Vardamir. ¿Quiere acompañarme en mi ronda matutina? - El sol comenzaba a abrirse camino, empujando la oscuridad de la noche y bañando de luz la habitación, donde todavía se desperezaban las sombras de los objetos que había sobre la mesa, como todos y cada uno de los días desde no recordaba cuándo.

- ¡Está bien! ¡Vamos a dar una vuelta!

-D... de acuerdo, ¿le ayudo a levantarse? - La novedosa respuesta dejó paralizada por un segundo a la mujer, cuya voz tembló al transmitir su respuesta.

Antes de que acabara de formular el ofrecimiento tenía al hombre a su lado; un ágil movimiento le había permitido salir de la cama y colocarse junto a la enfermera. Ni rastro del dolor en la pierna.

-Vaya, parece que la recuperación va por buen camino. Me alegro mucho, sargento. 

- Me he dado cuenta de que no podía hacer nada más que esperar, así que decidí tomarme las cosas con calma y hacer todo lo posible por estar sano y fuerte cuando la herida cicatrizara... Espero poder salir de aquí cuanto antes...

-Desde luego; si puede moverse de esa forma sin dolor no le debe quedar nada de tiempo... - La mujer hizo una pausa y tocó el brazo del sargento.- Señor... si va a venir, tiene que ser ya, he de llevar el desayuno al resto de los soldados.

- ¡Vamos! - El padre de Mahtan comenzó la marcha con paso firme, ofreciéndose incluso a portar el carro con los desayunos que quedaban por repartir. Las desgastadas muletas, fieles compañeras suyas durante su estancia, observaban la escena olvidadas en una esquina.

El resto de la mañana transcurrió plácidamente. Los enfermos se alegraron al ver cómo había mejorado, y él les administraba dosis de buen humor y entusiasmo, animándoles y deseándoles una pronta recuperación. Incluso consiguió hacer sonreír por primera vez en mucho tiempo a un pobre mutilado: un arquero de reconocimiento que había sufrido un terrible accidente mientras hacía una ronda de exploración. Su caballo trastabilló en una roca suelta y se partió ambas patas, haciéndole caer y aplastándole las piernas con la mala fortuna de que el carcaj de flechas envenenadas había quedado en medio. Una vez infectado, solo la amputación en las siguientes horas había salvado su vida... aunque también la había ensombrecido largamente.

- Creo que estoy listo para volver.- El paseo había sido muy agradable, pero su estómago rugía pidiendo las ya no tan desagradables gachas.

- Haré lo posible para que sea cuanto antes. Gracias por acompañarme. - Un leve destello carmesí apareció en las mejillas de la enfermera.

- Gracias. Volveré a mi cuarto, el desayuno me espera. - Dedicó una tímida sonrisa a la mujer que le había cuidado durante todos esos días.

Volvió sobre sus pasos, contento de haber salido del agujero, contento de saber que pronto las sombras de la soledad desaparecerían y volvería a encontrarse con la dueña de sus sueños.
Instintivamente comenzaba a imaginarse sobre un caballo de vuelta a casa...


viernes, 16 de agosto de 2013

Una Esmeralda afilada

Ya podía verse la Luna en el cielo, a pesar de que el Sol quería regalar a los combatientes dos horas más de claridad. La cabaña se encontraba totalmente rodeada por el bosque, con lo que había sido muy complicada de encontrar por los soldados.

Uno de los guerreros yacía desangrándose en el suelo. El gorgoteo producido en su cuello era aterrador, y solo superado por la angustia que le causaba. No podía respirar, así que buscó su machete enganchado en el cinturón y se dispuso a quitarse su propia vida. No tuvo el valor suficiente de hacerlo y sufrió unos segundos más antes de dejarse caer en el oscuro pozo, inconsciente por la falta de oxígeno.

Bajo él, la sangre teñía la tierra de un abanico de tonos carmesíes. Una bota levantó una pequeña nube de polvo y piedras que se depositaron sobre el charco.

Los golpes eran cada vez más difíciles de contener; ya que, una vez invertido el factor sorpresa en deshacerse de uno de los enemigos, el otro contendiente había desenvainado la espada a tiempo de detener la estocada, y, tras unos instantes de ventaja, la contienda se nivelaba rápidamente en sentido contrario.

El campesino solo podía tratar de detener los envites del experimentado soldado, que se divertía alargando la angustia de su rival, más preocupado por el hombre que estaba entrando en su pequeña cabaña, donde sollozaba su mujer, indefensa.

- Voy a divertirme contigo, gordito, vas a pagar por lo que le has hecho al Sucio. - Una mirada de absoluto terror fue la única contestación.

La punta de una flecha asomaba lentamente por el agujero creado por uno de los virotes en el cristal de la ventana.Un destello esmeralda apuntaba sin vacilación al enemigo. Tres, dos, uno... Justo en el instante anterior a la liberación del proyectil se abrió la puerta, golpeando a la arquera y modificando la trayectoria calculada.

- ¡Cuidado! ¡Hay alguien más ahí dentro!- La flecha salió muy desviada, pero el soldado se dio cuenta de que alguien le había disparado. Dos choques de espada acompañaron a la advertencia.

La puerta dejó ver a un hombre empuñando una pequeña daga. Tenía el pelo sucio y enredado, la ropa gastada y despedía un hedor mareante.

La Princesa buscó instintivamente en su bota, encontrando el puñal que le había acompañado todo el tiempo. El hombre aún no la había visto, pues Esmeralda se encontraba tapada por la puerta, a su espalda...

Rápidamente, consiguió deslizarse tras él y hacerle un pequeño corte en la mano derecha, que lo desarmó haciendo que la daga que portaba cayera al suelo. Tras esto, le asestó un contundente puñetazo en la base del cráneo, esperando que se desmayara. Sin embargo, no fue suficiente y el hombre consiguió revolverse.

Cerró los ojos y, sujetando el puñal con las dos manos, consiguió hundirlo en el estómago del enemigo, notando cómo el afilado acero traspasaba la carne sin dificultad.

Oyó un leve gemido y volvió a abrir los ojos justo para ver cómo un puño le abría una brecha en la ceja, tirándola al suelo. El dolor era insoportable, pero consiguió recoger la daga caída y, haciendo un enorme esfuerzo, castigó innumerables veces las piernas de la desafortunada víctima, cortando carne, músculos y tendones de forma indiscriminada hasta que, por fin, cayó al suelo.

De manera simultánea, el campesino perdía la espada acompañado de la sonora carcajada de su rival.

- No te preocupes por lo que le haré a tu mujer, vas a verlo todo... aunque con un solo ojo.- Hirió al hombre en una de las piernas, haciendo que se arrodillara. Levantó la espada para asestarle un golpe con la empuñadura y así dejarlo tendido en el suelo, indefenso.

Finalmente, la empuñadura golpeó el cráneo. Aunque apenas sin fuerza, el golpe hizo que la víctima cayera de bruces al suelo. Junto a él cayó también la espada, y, por último, su dueño, con una flecha atravesándole el oído.

Esmeralda dejó el arco apoyado una vez más junto a la ventana y se dirigió hacia el hombre que yacía con un puñal en el estómago y las piernas destrozadas...

jueves, 4 de julio de 2013

Una escalera

El sol se desangraba lentamente contra una montaña, al oeste, tiñendo de rojo una parte del horizonte que poco a poco iba siendo invadido por un ejército de estrellas que reclamaban su turno.

Dos sombras completamente estiradas se proyectaban en el suelo, mirándose una a la otra.

- Sabía que volverías...
- He comprendido que mi sitio está aquí.

La mujer se dejó caer sobre las rodillas, incapaz de contener la emoción. El fruto de sus sentimientos se deslizaba fugazmente por las mejillas, cayendo rápidamente al suelo.

Mahtan se apresuró a abrazar a su madre, la besó tiernamente en la frente y volvió a abrazarla. Más lágrimas  de felicidad brotaron de los bellos ojos de la mujer, que correspondió a su hijo abrazóndole con todas sus fuerzas.

- Siento haberme ido, sé que lo has pasado mal por todos nosotros, pero tenía que entender... tenía que comprender... - Mahtan hizo una pausa.- Tenía que equivocarme.

-Ya lo sé, hijo mío. Lo importante es que estás aquí, y eso me llena de felicidad... pero, ¿qué pasa con tu sueño?

- Esmeralda puede esperar, mi sitio está aquí, tengo que ayudarte a ti y a la aldea, todos confían en mí. Esta escalera se sube poco a poco.

- ¿Escalera? - La mujer centró sus brillantes ojos en los de su hijo, sin entender muy bien a qué se refería.

- En mis largas travesías tuve mucho tiempo para pensar,  entendí que cada uno tiene su lugar, su función, y que todo lo que tenga que ocurrir ocurrirá a su debido tiempo. Nada funciona bien si lo fuerzas. - Mahtan ayudó a su madre a levantarse, incorporándose a la vez con ella. - Ahora entiendo la vida como una escalera. Cada decisión que tomamos nos lleva a subir un escalón, a partir de ahí, tenemos dos opciones: seguir subiend, o volver al escalón anterior si nos hemos equivocado. A veces cometemos el error de subir los escalones demasiado deprisa, y éstos desaparecen, esfumándose; de tal forma que para volver al punto donde estábamos antes hay que dar un salto muy grande, y podemos caernos de la escalera.
Por eso vuelvo a este escalón, y cumpliré mi deber hasta que llegue el momento.

- Mahtan...

- Vamos a casa, madre. Los dos nos merecemos un descanso.

Cuando entraron en la casa, la Luna reinaba en el cielo, extendiendo su manto por todo el firmamento y borrando todo rastro del sol, que había, por fin, llegado al final de su camino.

El reparto se hizo de noche, bajo la luz de las antorchas. Mahtan y su madre tomaban un cuenco de sopa de cebolla y unos trozos de pan de cereales cuando uno de los Lobos llamó a la puerta. El joven se levantó de la silla y abrió la puerta con parsimonia.

- Sé que es un poco tarde, pero aquí os traigo la parte del reparto correspondiente a los Vardamir.

- Muchas gracias, hermano.

La mujer apareció tras la puerta. - Parece mucha carne, habéis tenido una buena caza.

- Sí, señora, estamos muy contentos.

Mahtan miró a su madre, cuyos ojos expresaban toda la pena que sentía, y entendió al instante lo que debía hacer.

- Creo que podemos arreglárnoslas con la mitad de carne... a fin de cuentas solo estamos dos... Y aquí hay carne para cuatro personas. - El Lobo no supo qué decir. Mahtan lo cogió del hombro. - Muchas gracias, nos quedaremos con la mitad. Por favor, reparte el resto entre las familias más necesitadas, seguro que lo agradecerán más que nosotros.

- Sí, señor. Mm... me... me alegro de que esté de vuelta, capitán.

- Yo también.

Despidió al cazador y cerró la puerta. Madre e hijo colocaron la carne en la despensa, y charlaron un rato más frente a una taza de té.

- Creo que hoy padre entendería que no salieras a pasear.

- Claro que lo entendería, pero de todas formas lo haré.

- ¿Quieres que te acompañe?

- Prefiero ir sola, además, debes descansar, mañana te espera un largo día, todo el mundo te requerirá para algo, seguro.

- Adoro la rutina...

La mujer sonrió, besó a su hijo en la frente y salió por la puerta, con la única compañía de la Luna y sus secuaces que guardaban fervientemente el firmamento en aquella noche despejada.

Mahtan se durmió con el último pensamiento de volver al escalón que nunca debió subir...

martes, 21 de mayo de 2013

Sin elección

Tarí, la Reina de Hielo... Las palabras tenían un efecto catastrófico en el joven Vardamir. Eran gélidos aguijones dirigidos directamente a su alma. Se quedó paralizado durante unos instantes, mirando inexpresivamente a la mujer, como si su mente estuviera en algún lugar a miles de kilómetros de aquella oscurra mazmorra.

Un puño invisible le golpeó en la espalda, lo que hizo que se desplomara sin fuerzas en el suelo. Las costras de las muñecas comenzaron a sangrar de nuevo, y el golpe hizo que se mordiera la lengua.
Consiguió reunir fuerzas para volver a arrodillarse y mirar a aquella mujer.

-¿Por qué? ¿Q... qué pasó?

De repente su mejilla volvió a besar el suelo. Tarí le había golpeado de nuevo en la cara con su mano derecha envuelta en un guantelete de acero. La mandíbula del mensajero se desencajó, y el golpe contra el suelo hizo que se desmayara de dolor.

No supo cuánto tiempo había estado tumbado, pero despertó con la cara pegada al suelo sobre un enorme charco de sangre reseca. Algo dentro de la boca le dolía de una forma insoportable, pero no era su lengua...

No fue hasta unos segundos después cuando se dio cuenta de que se la habían cortado. La Reina de Hielo le observaba con un atisbo de sonrisa bajo una oscura capucha que le cubría los ojos.

- Por fin te despiertas, espero que eso te haga aprender a hablar cuando se te pida... Y que comprendas que ya nunca nadie te lo pedirá...

Los ojos del joven la miraban llenos de desesperación. Sabía que su destino era la muerte, pero no tendría la suerte de que le llegara rápidamente. Aquella mujer encontraba placer en el sufrimiento ajeno de una forma inhumana.

Cuando consiguió separar la cabeza del negro charco de sangre seca, pudo ver un pequeño estilete a unos pocos metros de su mano derecha. Una lágrima resbaló por su mejilla y aterrizó en el suelo junto a su desencajada mandíbula, mojando un diente destrozado que una vez estuvo firmemente sujeto en su boca.

Debía hacerlo pronto, era su única oportunidad de acabar con esa pesadilla y reunirse con sus seres queridos, que le estarían esperando. Reencontrarse con ellos era lo que más deseaba en el mundo después de volver a ver a su familia... Pero para eso tendría que esperar muchos años.

- Olvídate del estilete... de todas formas, no vas a poder cogerlo. - La pesada bota de Tarí destrozó la maltrecha muñeca del hermano de Mahtan, dejándolo finalmente sin elección... Los dedos, inconsistentes,  se escurrieron a través de la arandela de hierro que le había tenido colgado del techo.- Ya que tanto interés tienes, te contaré la historia de la Reina de Hielo...

Un velo negro se apoderaba del mensajero. La sensación de un espeso manto oscuro que cubría poco a poco toda la tristeza. Su cuerpo cada vez sentía menos dolor, y le acompañaba una sensación parecida a la de volver a casa tras un largo viaje. La voz de la bruja seguía siendo nítida, y evocaba momentos, lugares y personas de una vida que cada vez se alejaba más y más...

¡Hasta siempre Vardamir!

El corazón se detuvo al ser atravesado por una costilla destrozada cuando la maza golpeó la espalda del joven.

sábado, 4 de mayo de 2013

Una ayuda inesperada

Poco a poco comenzó a retomar la consciencia. La tela que le había tapado los ojos estaba suelta en el suelo junto a ella, y un intenso dolor en la base del cráneo le hizo suponer que se había desmayado debido a un fuerte golpe. Se dio cuenta de que sus manos no estaban atadas e intentó incorporarse, pero tardó unos segundos, pues en el primer intento a punto estuvo de caer de bruces contra el suelo. Todo le daba vueltas.

Podía sentir el intenso olor a sopa de cebolla con venado que había aparecido en su sueño bajo el árbol. El aroma procedía de un enorme caldero junto a la chimenea de la cabaña. Se preguntó qué hacía allí, por qué le dolía tanto la cabeza y por qué había un plato vacío, un vaso y una cuchara de madera sobre la mesa, como esperando a ser utilizados para servir una ración de sopa.

Estaba sentada en una cama cuyo colchón estaba relleno de paja; la cabaña era humilde. Estaba construida en piedra y se encontraba pobremente decorada; aún así contaba con una cama, una mesa con dos sillas y una chimenea. Había una puerta que, supuestamente llevaba a una pequeña despensa, y otra puerta junto a la cama, además de la principal, justo en frente de ella. Su arco y el carcaj estaban apoyados contra la piedra, listos para ser utilizados. Junto a ellos reposaba un gran baúl que tenía ropa de campesina perfectamente doblada, además de unos zapatos cómodos.

Miró el vestido que llevaba puesto; era el que había llevado durante varios días, el que se puso para la cena la noche en la que huyó del castillo; estaba totalmente sucio y roto por todas partes. Se alegró de poder ponerse ropa limpia. Tras levantarse de la cama, se dirigió a la puerta que tenía más cerca; la abrió y pudo ver una pequeña sala de piedra, con una minúscula ventana y una modesta bañera en el centro. La bañera estaba vacía, pero tenía un caldero lleno de agua al lado; así que podía calentarla en la chimenea.

- ¡Cuánta amabilidad! - Pensó.

El relincho de un caballo y una suave voz femenina la sacaron de sus pensamientos. Momentos después una humilde mujer entró en la cabaña. La mujer era de corta de estatura, rechoncha y con una piel tan colorada que parecía salida de una sauna. Respiraba atropelladamente.

- ¡Por fin te has despertado! ¡Rápido, tenemos que salir de aquí!
- ¿Quién es usted? ¿Qué está pasando?

Antes de que le diera tiempo a contestar, una saeta rompió el cristal de la ventana y se clavó junto a la chimenea.

La mujer se tiró al suelo mientras gritaba fuera de control y otra saeta se clavó justo al lado de la primera.
La Princesa de Ojos Esmeralda se dirigió rápidamente a por su arco, colgó su carcaj a la espalda y se asomó a la ventana.

Dos ballesteros recargaban su arma mientras una silueta se les acercaba por detrás.
Todo sucedió muy deprisa. Una tercera saeta se clavó junto a la chimenea, de nuevo. En lugar de la cuarta, se oyó un sonido ahogado, y un gorgoteo antes de que un cuerpo cayera inerte al suelo. La extraña silueta, posiblemente el dueño de la cabaña, acababa de cortar el cuello de uno de los ballesteros.

La mujer lloraba y respiraba entrecortadamente, era inútil decirle algo, sabía que no la escucharía.
Una serie de maldiciones se oían desde fuera y el familiar sonido que acompaña a un desenvainar de espada dio comienzo a la poesía de metal.

Cargó su arco y se asomó por la ventana, el cristal estaba destrozado, así que podía intentar abatir al ballestero mientras luchaba con el campesino. Tensó, intentando apuntar.

La puerta se abrió a su izquierda....


martes, 30 de abril de 2013

Una cara conocida

- ¡Mahtan Vardamir! ¡Mahtan Vardamir! ¡Mahtan Vardamir! - La voz sonaba familiar, y durante unos instantes, retumbó contra las paredes de la vieja torre derruída.

Antes de ser plenamente consciente de la situación, Mahtan desenfundó la espada, dejando caer la pequeña figura de madera y preparándose para enfrentarse al enemigo. Fue un acto instintivo, tanto que, aún con los ojos casi cerrados, lanzó una estocada que el rival pudo esquivar, no sin dificultad.

- ¡Por todos los dioses! ¿Es que no me reconoces?

Mahtan despertó por fin, todo había sucedido muy deprisa, y su cabeza tenía toda la información desordenada. Tardó unos instantes en poder ordenarla por completo.

La persona que le había despertado era un Lobo de la aldea, un explorador encargado de adelantarse para rodear a las presas, había estado durmiendo, y tenía el cuerpo entumecido y congelado. La ropa se le había mojado, todo el suelo del vivac estaba empapado debido a que la tierra no pudo absorber toda el agua caída en la tormenta, y tenía dos serias picaduras en los labios, justo donde los colmillos de la extraña mujer se le habían clavado.

-P...Perdona, ha sido una reacción instintiva, afortunadamente estaba tan dormido que apenas pude levantar la espada...

-Es peligroso dormir en estas tierras, hemos encontrado varios lobos en los alrededores. ¡Ven aquí, dame un abrazo!

Los dos Lobos se abrazaron como dos hermanos que no se ven desde hace mucho tiempo. Tras ello, Mahtan recogió el vivac, las armas y la bolsa de la comida, ya casi vacía.

El sol trataba de asomar con un reflejo que intentaba ser rojo por encima de las montañas, al este; pero por mucho que lo intentara, no podía competir contra las densas nubes tormentosas que teñían todo con tonos grises; a pesar de todo, el amanecer fue bienvenido y los dos compañeros se pusieron en marcha.

- Nos dirigimos al norte, he conseguido rodear un grupo de cinco venados que se han separado de la manada principal, espero que a medio día podamos atraparlos contra el grupo principal.

-¿Cuántos días lleváis de caza? - Mahtan solo quería regresar cuanto antes, así que hizo la pregunta deseando que el cazador respondiera con un número grande.

-Cinco, a medio día deberíamos regresar, la aldea ya nos estará echando de menos... Tenemos dos días y medio de camino, aunque entendería que quisieras adelantarte...

-No es necesario, al fin y al cabo, sigo siendo uno de vosotros.

-El más importante, capitán.

Al filo del medio día, Mahtan divisó el estandarte del carro, a lo lejos; y a medio camino, el pequeño grupo de animales. El plan había resultado. El cazador consiguió herir a uno de ellos en el muslo, lo que hizo que todos salieran dispersados en dirección contraria, cayendo en la trampa. Mahtan abatió a la bestia herida de un certero disparo, y el resto murió al acercarse al grupo de Lobos.

-¡Con estos cinco y las otras diez piezas que llevamos serán suficientes para unos días!

El sol había conseguido impregnar de color los verdes campos, ya que la tormenta se había convertido ya en una pequeña llovizna, haciendo menos densas las oscuras nubes que habían privado a Mahtan de su luz durante los últimos días.

El camino de vuelta fue tranquilo, a excepción de dos ataques de lobos justo al anochecer, uno cada día. Sin embargo, los Lobos pudieron repelerlos sin problemas. Era agradable para los cazadores tener a Mahtan de nuevo con ellos, su sola presencia les subía la moral y les inspiraba valor y entusiasmo. Para Mahtan también fue bueno que lo encontraran, se había quedado prácticamente sin comida y así podía disfrutar de la compañía de sus hermanos Lobos, recuperando su confianza y conociendo las últimas noticias de la aldea.

Al anochecer del segundo día llegaron a la aldea. Todo estaba dispuesto para el reparto, y una figura femenina aguardaba la primera tras la pobre empalizada.

- Sabía que vendrías...

jueves, 11 de abril de 2013

Agujero

El pasillo quedó en silencio una vez el soldado se marchó.
Intentó levantarse y dirigirse a la mesa sin tener que llamar a la enfermera. Consiguió llegar con menos dolor de lo que había previsto...

La comida ya estaba fría, y no se podía decir que tuviera un gran apetito; además, el contenido del plato no invitaba en absoluto a abalanzarse sobre él.

Sabía que tenía que comer; eso le haría recuperar fuerzas y ayudaría en la curación de la herida... La herida. La herida era la consecuencia. La herida era el castigo por lo que había hecho, era el traspiés que le había hecho caerse por ese agujero...

Si no se hubiera vuelto loco, si solo se hubiera detenido a pensar por un instante, la herida no sería más que una pequeña molestia en la pierna... Pero no era así, se había vuelto a infectar, y ahora no solo tenía que cargar con la dolorosa molestia en el muslo, sino que también había tirado por tierra las opciones de volver a casa...

Volver a casa.

Podía estar comiendo un delicioso cuenco de sopa de cebolla con venado, mientras, frente a una chimenea, conversaba y acariciaba a su tierna esposa. Por la mañana podría acompañar a su hijo de cacería, compartir un rato con él; para volver al calor del hogar por la noche, y pasear bajo las estrellas con su princesa.

Sin embargo, tropezó con la piedra de la inconsciencia y cayó en ese manto azabache del que no podía salir. También sabía que las cosas no serían fáciles cuando la herida cicatrizara... si es que cicatrizaba. El jefe de la guarnición quería hablar con él y nadie sabía qué se le podía pasar por la cabeza a ese hombre; lo que era seguro era que no disfrutaría de su periodo de permiso.

Pensó en lo fácil que era perderlo todo, en cómo en un instante se puede desmoronar hasta el que creemos más resistente de los castillos. Una brizna de locura había destrozado los cimientos del edificio en el que había puesto sus esperanzas a corto plazo. Ahora debía esperar, enfrentarse a lo desconocido y esperar a que el tiempo le devolviera la oportunidad.

Sentía miedo...

-Supongo que todos sentimos miedo a lo desconocido... - Dejó la cuchara sobre el plato vacío y terminó la comida con un largo trago de agua. Acto seguido volvió a la cama y se hundió una vez más en ese hueco.

Miró por la ventana... el día era oscuro, un día más en esa sala, un día más en ese agujero...

miércoles, 13 de marzo de 2013

La Reina de Hielo

Un dolor insoportable en las muñecas le despertó. Estaban abrasadas por el roce de la cuerda desde hacía tantos días. Intentó abrir los ojos, pero fue inútil; estaban hinchados debido a los golpes y los párpados estaban pegados con una mezcla de pus y sangre. Su atención se volvió de nuevo a las muñecas... Chilló.

Se maldijo a sí mismo por no haber encontrado la espada a tiempo el día que lo capturaron, podría haberse evitado todo el sufrimiento... Un pensamiento irrumpió en su mente: "¿Cuánto tiempo llevaba capturado?" 

Era la primera vez que se sentía tan despierto después de tantos días y fue en ese momento cuando se dio cuenta de todas las torturas a las que había sido sometido. Notaba el cuerpo lleno de golpes, magulladuras y heridas por todas partes. 

De repente cayó. Notó como algunos de sus dientes se partían cuando su mandíbula impactó contra el suelo. El metálico sabor de la sangre inundó su boca e intentó incorporarse con sus manos, pero no tenía fuerza alguna...

- Creo que ya hemos acabado contigo, has sido muy obediente, pero no nos has aportado casi nada de valor, Vardamir.

El interpelado movió su cabeza, intentando encararse hacia la fuente del sonido. Sabía que la voz era la de la misteriosa mujer que le había torturado e, inmediatamente, se acordó de las cicatrices... 

- Eres patético...

- ¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?

- ¡Jajaja! ¡Vaya! Parece que el soldadito no sabe lo que es una guerra... ¿por qué hago esto, imbécil? - La mujer abofeteó la mejilla del joven, hendiendo en su carne las afiladas puntas de sus oscuros anillos. Un chorro de sangre se unió al reseco charco que había en el suelo.

- ¿A qué esperas para terminar con esto? ¡Acaba de una maldita vez!

- Aún tengo que hacer algo por ti... - Agarró al mensajero por el pelo y le hizo levantarse. Las piernas le temblaban al principio, pero su orgullo evitó que cayera. El chico intentó golpearla, pero ella hábilmente esquivó el torpe intento y agarró al hermano de Mahtan por la muñeca, lo que hizo que se arrodillara presa de un fuerte dolor.

- ¡Estate quieto! - Con un rápido movimiento, sacó su cuchillo de la funda e hizo que el filo rozara ambos párpados en décimas de segundo. Una mezcla de pus y sangre salía a borbotones, pero ello hizo que la víctima pudiera abrir los ojos.

- ¡Ilenda! - Por fin lo entendía, esa mujer era la chica de la aldea, la niña que fue atacada por un lobo y llevaba de urgencia al Sanador. ¡Sí! ¡Estaba seguro de que era ella!

- Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así... Ahora soy Tarí, la Reina de Hielo...

lunes, 4 de marzo de 2013

Corazón congelado

Caminaba bajo la atenta mirada de las estrellas que acompañaban a la Luna en aquella noche nublada. Como siempre, había salido a pasear pensando en su marido, al que tanto echaba de menos. También pensaba en sus hijos, preguntándose qué sería de ellos. El día había sido duro, por la mañana había hecho su trabajo, ayudando a los habitantes enfermos de la aldea. Por la tarde, justo cuando el sol caía, había procedido al reparto de la carne que traían los lobos.

Se encontraba muy cansada y el suelo estaba embarrado debido a la ligera llovizna que había caído por la tarde. El paseo duró menos de lo habitual. Volvió a casa, deseando meterse en la cama y poder descansar. No sabía cuánto podría durar la situación, y ese sentimiento atenazaba su capacidad de sonreír, haciendo que cada día sus ojos se hundieran en un agujero cada vez más profundo. La gente lo notaba, e intentaba ser más agradable de lo habitual. La mujer, sin embargo, sabía por qué lo hacían, y aquello no hacía más que hacerla sentir cada vez más incómoda.

Por fin llegó a casa, tomó una taza de té de frutas y se acurrucó bajo las mantas; apenas le dio tiempo a pensar antes de caer dormida.

Volvió a soñar con sus antepasados, que velaban por ella y la protegían. Ella caminaba por un desierto helado, aunque no sentía frío más que en su corazón. La ventisca le impedía ver a más de pocos metros de distancia, pero sí que podía divisar una luz a lo lejos, y entendió que debía ir hacia allí.

Cada vez le costaba más abrirse camino a través de la nieve y el hielo, resbaló dos veces, pero consiguió mantener el equilibrio; unos metros después calló de bruces contra el suelo. Consiguió levantarse tras varios intentos infructuosos, ya que el vendaval volvía a tirarla mientras intentaba levantarse. Caminaba arrastrando sus pesados pies, dejando dos surcos sobre aquel manto blanco.

Por fin, ya de rodillas, llegó hasta la luz. Una figura familiar portaba un candil encendido cuya llama, lejos de extinguirse, hacía derretir la nieve y el hielo, y formaba una burbuja espectral que detenía el viento, creando un pequeño espacio donde reinaba la tranquilidad absoluta.

La mujer supo que esa llama era su familia, y que debía encontrarla para protegerse de la tormenta de hielo que la azotaba constantemente. La figura acarició su rostro y dejó el candil a sus pies. La madre de Mahtan sintió una cálida sensación de tranquilidad mientras miraba cómo su antepasado se alejaba levitando del lugar dejando una frase en el viento:

- "Recuerda que aunque en algunos corazones es invierno y están cubiertos de un denso manto blanco, al final siempre llega la primavera portando la llama que derretirá todas las nieves que creíamos perpetuas."

martes, 22 de enero de 2013

Unos labios peligrosos

Dudó, intentó mirar de nuevo hacia la luz, pero aquellos zafiros le parecieron lo más bonito que había visto en su vida, le tenían atrapado como una red... una red de la que no podía escapar.

Los labios, de aspecto dulce y carnoso, comenzaron a abrirse, dejando ver una preciosa sonrisa. Durante un instante, notó algo raro en los dientes, pero no tuvo tiempo de fijarse mejor, aquellos ojos azules le llamaban de una manera irresistible. La Princesa Esmeralda era un vago recuerdo en su mente, un halo azul se hacía con el control de todos sus pensamientos, de todos sus sentimientos.

Un ápice de cordura, que duró una milésima de segundo, le dio una idea: tenía que cerrar los ojos, así se libraría de aquél imán que lo atraía inexorablemente... aunque ya no estaba tan seguro de si se quería apartar...

Tomó la decisión, puso sus manos sobre la cintura de aquella extraña mujer, y juntó sus labios con los de ella, que parecían estar esperándole más tiempo del que jamás imaginó.

El beso le pareció frío, casi helado, sintió como su boca se congelaba, sus labios, su cara, su cabeza, su cuello, los hombros... poco a poco iba sintiendo como el frío helaba la sangre de sus venas. Un agradable calor invadió su boca, seguido de dos intensas punzadas de dolor. Dos afilados colmillos hendían la carne de sus labios, liberando un pequeño y cálido reguero carmesí. No podía separarse. Los preciosos ojos azules se transformaron en dos afilados zafiros que se le clavaron en los suyos, haciéndole sentir un dolor inimaginable y dejándole completamente ciego para siempre. Sin tiempo para reaccionar, un puñal se le clavó en el estómago, haciendo fluir de nuevo más sangre de su cuerpo.

Quedó de rodillas, con la cabeza apoyada en la fría torre, la chica había desaparecido. Sus manos intentaban tapar sin éxito la hemorragia, estaba congelado y empapado... iba a morir ahí, solo, desangrado y ciego...

- Mahtan Vardamir. - Fue lo último que consiguió oir...

domingo, 20 de enero de 2013

El mejor capacitado para el puesto

La habitación se iluminó acompañada del incesante dolor en el muslo, como cada día. Esta vez, al menos, había podido conciliar más momentos de sueño de lo normal. La herida se había infectado de nuevo, pero, al menos había vuelto a salvar la pierna... al menos de momento.

Mientras esperaba con impaciencia que la enfermera llegase para limpiar la herida y darle el desayuno, una fuerte discusión en el despacho de al lado, el del capitán del puesto,  llamó poderosamente su atención. Se concentró en escuchar detenidamente la conversación, aunque tenía la impresión de que los gritos podían escucharse por todo el pasillo...

- Con el debido respeto, ¡capitán, no entiendo por qué no estoy yo al mando de esa misión!

- ¿Es que no entiende que aquí las decisiones no las toma usted? ¿Quién se cree para cuestionar las órdenes de un superior?

- ¡Yo fui el que encontró el objetivo, y arriesgué mi propia vida, dejando a mi pelotón atrás, en un acto de valentía para estudiar el terreno y encontrar la posición más propicia para el ataque! Es mi zona de actuación,  conozco el terreno y sabía exactamente cómo tenía que actuar...

- No tengo por qué discutir esto con usted, está incurriendo en una falta gravísima, sargento.

- Señor, creo que merezco al menos una explicación.

- ¡No toleraré más actos como el suyo, sargento, estoy a punto de sancionarle! ¡La gloria personal es insignificante y jamás permitiré que haya egos y orgullo entre los hombres que están a mi cargo!

- ¡Exijo una explicación!

- Sargento, queda usted relevado del mando, a partir de ahora su nuevo destino es el frente oeste, reúnase con la persona al mando en cuanto llegue. Pase por este despacho mañana con la primera luz del día, llevará una carta explicando su indisciplina, el capitán del frente sabrá qué hacer con usted. Puede retirarse....

- ¡Maldita sea! ¡Se está equivocando, capitán!

- Por favor, sargento... o debería decir soldado... retírese. ¡Queda degradado!

El nuevo soldado salió del despacho, hecho una auténtica furia. El sargento, desde su cama, pudo observar la rabia, la ira y la desesperación en sus ojos.

- Entiendo en parte al chico - La enfermera había entrado sin que el padre de Mahtan se diera cuenta. -Debe ser frustrante hacer todo el trabajo y que al final te lo arrebaten de las manos sin saber por qué...

- Aquí los que manda... - hizo una pausa para intentar soportar el intenso escozor de las hierbas curativas, una gran cantidad de pus salía de la hendedura. - ... los que mandamos... seguro que hay una razón detrás de todo... además, no podemos hacer nada.

- Conozco al chico personalmente, a veces es demasiado exigente consigo mismo, puede que le cueste superar este golpe... Sargento, esta herida tiene cada vez peor pinta, no debió haber hecho lo que hizo.

-Ya lo sé, estoy arrepentido, pero no podemos cambiar algunos errores del pasado, solo podemos aprender de ellos y no volver a dejarnos llevar cuando no somos capaces de razonar.

- Estoy de acuerdo... prepárese... esto va a doler...

El sargento no pudo terminar su frase, un dolor intenso nubló su vista durante una décima de segundo; acto seguido todo se fundió en un velo negro, del que despertó horas después con la venda cambiada y la comida fría sobre la mesa....

Pudo ver cómo el chico se dirigía antes de tiempo al despacho del capitán.

- ¡Ya lo tengo todo listo, señor! ¡Volverá a por mí, se lo aseguro, soy el mejor capacitado para el puesto!

Vardamir suspiró, esperando que todo se solucionara para ese pobre chaval.

lunes, 7 de enero de 2013

El venado

Por fin había llegado el día, la gente había estado inquieta durante toda la semana, y a medida que transcurrían las horas y no se divisaba a los Lobos volviendo por el camino, los habitantes de la aldea parecían impacientarse más y más.

El sol se precipitaba tras una colina al oeste, arrancando los últimos brillos en el valle y dejando paso a una tenue oscuridad, que venía acompañada de una ligera lluvia. Aquel día parecía ser un fiel reflejo del estado de ánimo que tenían los aldeanos.

Para ella no importaba, desde la partida de Mahtan todos los días habían sido iguales, era como si sus ojos hubieran dejado de distinguir colores, como si todo fuera en blanco y negro. Aún así, no había desatendido sus labores ni un solo día, y había cumplido con su deber visitando a los enfermos de la aldea, ayudándoles en su recuperación. Ese día se encontraba en el centro de la aldea, esperando a la partida de cazadores para distribuir la carne cuanto antes. Habían pasado unas semanas desde el último reparto y la gente esperaba amargamente un remedio que acabara con el hambre que sentía. 

Las mujeres desplegaron una tela enorme que cubría toda la plaza, y que les ayudaría a resguardarse de un incipiente aguacero. Por fin, tras la larga espera, la partida de Lobos con el carromato apareció por el sendero del sur. Cuando entraron fueron recibidos con vítores y aplausos y descargaron a toda velocidad para que las mujeres pudieran proceder con el reparto. Sus rostros mostraban un intenso cansancio, pero la satisfacción del trabajo bien hecho. Solo un Lobo, el más joven de todos, parecía apenado.

Se quedó cortando los trozos de carne, haciendo la labor de Mahtan. Tenía la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar, en otro instante. La madre de Mahtan se percató rápidamente, y, cuando hubieron terminado, pidió al muchacho que le contara por qué se sentía así.

El Lobo la miró, y no pudo ocultarle sus sentimientos:

- Todos han cazado una pieza, soy el único que no ha podido traer nada,  he sido un estorbo.
- ¿Por qué dices eso? Sois un equipo, lo hacéis todo entre todos...
- Esta vez no... Encontré un venado el primer día, pero era bastante difícil de cazar, pues se movía siempre tras arbustos y árboles. Parecía saber que yo estaba ahí, y empezó a alejarse. Me separé del grupo, siguiendo su pista, crucé un río y tropecé con una piedra suelta, así que volqué el carcaj y el río arrastró todas las flechas que llevaba menos una. Estaba a medio día de camino del grupo, persiguiendo a un venado y solo tenía una flecha... Aún así decidí seguirlo...

Las manos del joven cubrieron sus ojos mientras recordaba el resto de la historia. Una reconfortante mano se posó en su hombro.

- Parecía andar en círculo, no sabía ya a cuánta distancia estaba, llevaba un día persiguiendo a la presa. El cansancio se apoderaba de mí, también el hambre, pero el venado parecía no cansarse, y seguía su camino... Al parecer volvíamos sobre nuestros pasos, pero eso es algo de lo que no me di cuenta en ese momento.
Por fin se paró en un claro, la visibilidad era perfecta, era el momento que había estado esperando... Puse la flecha en el arco y tensé... intentando apuntar a la cabeza, solo tenía una oportunidad.
De pronto otra flecha atravesó el cuello del animal... un compañero Lobo cazó al venado que yo había estado persiguiendo durante más de un día... Sé que somos un equipo, pero no puedo evitar sentirme mal por ello... Después de todo, el trabajo era mío.

- Debes pensar que gracias a tu esfuerzo, las familias tendrán más comida estos días...
- Supongo que las recompensas no siempre llegan de la forma en la que las esperamos...
- Tu recompensa es el orgullo del trabajo bien hecho, aunque no tengas un venado sobre tu hombro... Deberías descansar, ya verás como mañana lo ves todo de manera distinta...
- Creo que tiene razón.- Se levantó.- Muchas gracias por el consejo, seguro que mañana me siento mucho mejor.

Se abrazaron y despidieron, la mujer suspiró una vez más...

lunes, 17 de diciembre de 2012

Alimentar a la bestia

Las horas en aquella camilla parecían interminables, sin saber nada de su familia y sin poder hacer nada por enviarles ningún tipo de mensaje. No sabía dónde estaban sus hijos -de hecho, seguía creyendo que Mahtan estaba en la aldea- y no conocía de ningún soldado con permiso que fuera a viajar a la aldea o sus alrededores...

Siempre que se encontraba en una situación desesperada, recordaba una de las viejas historias de su padre, el Viejo Lobo:

Muchísimo tiempo atrás, dos hermanos gemelos caminaban un día por los alrededores de la aldea, cuando de pronto, un arbusto se agitó, lo que atrajo su atención.Una cría de dragón negro yacía abandonada, y con las patas rotas junto al cadáver de un jabalí, que tenía el cuello totalmente destrozado tras el ataque de las garras de la cría. Todo hacía suponer que el jabalí había intentado devorar a la bestia, y ésta se había defendido, matando al animal. La cría de dragón intentaba comer parte de la desgarrada y ensangrentada carne del jabalí, pero era incapaz de volar aún y no podía mover las patas traseras, así que se arrastraba penosamente entre pequeños gemidos de dolor.

En la región todo el mundo decía que los dragones negros eran criaturas de una maldad inimaginable, y que su presencia cerca de cualquier aldea debía ser erradicada antes de que pudiera tener oportunidad de liberar su maldad. Por eso, uno de los gemelos cogió rápidamente una piedra del suelo, dispuesto a aplastar el cráneo de la pequeña criatura, que intentaba llegar a la ansiada comida...Pero su hermano le detuvo. Un hechizo de control mental parecía afectarle, estaba obnubilado con la extraña belleza de la bestia, con sus brillantes escamas, con la perfección de las formas de su cuerpo, que seguía teniendo una extraña belleza a pesar de tener las patas destrozadas...

- ¡No lo hagas! Deja que muera solo, no puedo dejar que destruyas una criatura tan maravillosa...
- ¿Cómo? ¿Es que no sabes lo que puede pasar?
- Sí... sí... pero.. míralo, no pude ni moverse, morirá a la intemperie, solo te pido que no lo mates tú... deja que muera, por favor.
- ¡No podemos arriesgarnos!
- Obsérvalo, va a morir... no te conviertas en un asesino, déjalo morir, por favor...
- Está bien, pero vayámonos de aquí, este bicho me da muy mala espina...
- De acuerdo, adelántate, yo cortaré un poco de carne de jabalí, parece que las patas traseras están en buen estado, ¡esta noche cenaremos jabalí al horno, avisa a padre y madre!

Estaba anocheciendo cuando por fin regresó a la aldea. Volvía con las patas de jabalí, pero nunca dijo que el resto se lo había dado a la cría de dragón, a la que llevó a una cueva cercana para intentar curarla.

Con el paso del tiempo, solía ir a ver a la bestia, llevándole restos de comida, y hierbas curativas para las heridas, que poco a poco cicatrizaron.

Un buen día, la cría se convirtió en un pequeño dragón joven, y su malicia había crecido tanto que asesinó a quien le había salvado la vida aquél día. Después se dirigió a la aldea, matando a todos sus habitantes con una crueldad inimaginable: algunos morían envueltos en llamas, otros atrapados bajo sus patas, también había cuerpos estrangulados, y algunos hasta murieron engullidos totalmente... solo quedó uno con vida al final, delante de él... El dragón le recordaba perfectamente, era el hermano de su cuidador, el que tuvo la roca en la mano, el que iba a acabar con su existencia. El humano entonces comprendió la traición de su hermano, por su imprudencia, se había perdido todo... Murió igual que aquél jabalí, con el cuerpo atravesado por las afiladas garras del dragón...

Nunca hay que alimentar a la bestia...

domingo, 18 de noviembre de 2012

La torre

Se encontraba en medio de ninguna parte, con todo cubierto bajo una espesa niebla.  Era consciente de que estaba dormido, de que todo era un sueño.

Por fin salía de una ciudad fantasma, por donde llevaba mucho tiempo caminando. Cada vez se alejaba más de esa ciudad, de altos edificios abandonados. Por encima de todos destacaba la torre del templo; una estructura que en algún momento fue majestuosa, pero que ahora se encontraba prácticamente derruida, y en la que la parte superior carecía de tres de las cuatro paredes. Esto hizo que, en algún momento, el tejado cayera sobre el suelo de la última planta.

A lo largo de la torre había agujeros, que dejaban al descubierto la larga escalera que subía hasta la parte más alta, donde, en otros tiempos, alguien hacía sonar el cuerno para convocar a la gente a la oración.

Se detuvo un instante. Su camino había sido, desde hacía horas, hacia fuera de aquella ciudad. Sin embargo, se giró para contemplar la torre. Se quedó de pie, donde estaba, mirándola detenidamente, intentando concentrarse en todos y cada uno de aquellos agujeros, mientras sentía en su espalda las ganas de girarse y seguir caminando, alejándose de allí. 

Cuando se sintió satisfecho con el análisis de la torre, giró sobre sus pies para continuar su camino mientras una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro. No supo por qué, pero se obligó a echar un último vistazo atrás, a aquella ciudad de la que quería escapar, pero por la que llevaba caminando tanto tiempo. Una silueta femenina apareció junto a la última casa de la ciudad.

Se quedó de espaldas a la silueta unos instantes... ¿Quién era? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Vivía en la ciudad? ¿Por qué solo había aparecido cuando se iba?

Mahtan soltó un grito, presa de la desesperación.

- Solo es un sueño, estoy dormido, me encuentro de camino a la aldea, pronto llegaré... ¿Qué significa todo esto? - A pesar de ser consciente de la situación, sentía una tremenda curiosidad por acercarse a la figura, que parecía esperarle, paciente, con la cabeza cubierta completamente bajo una capucha negra.

- Supongo que no pierdo nada por echar un vistazo...- Se dijo mientras se daba la vuelta hacia la mujer.

Comenzó a deshacer sus últimos pasos, muy torpemente al principio, pero cada vez con más confianza. De vez en cuando no podía evitar mirar hacia atrás, hacia la luz, hacia el camino que le esperaba fuera de aquella ciudad, donde había deambulado sin rumbo tanto tiempo. Uno de las fugaces miradas atrás le hizo trastabillar y estar a punto de caer, pero consiguió evitar la caída y empezar a correr hacia la chica.

Cuando se halló delante de ella, dudó un instante, sabía que era un sueño, que quizás tuviera algún significado... Quizás debía alejarse de aquella extraña mujer que le aguardaba, con el rostro oculto bajo el terciopelo azabache... Se dijo a sí mismo que quería creer, quería creer que aquel sueño se cumpliría, que descubriría bajo la capucha los ojos verdes que llevaba buscando toda la vida...

Se quedó delante de ella, nervioso, y sus manos retiraron la capucha...

Una cara desconocida le clavó sus dos preciosos zafiros. Mahtan se sorprendió, pero no pudo dejar de mirar aquellos maravillosos ojos azules... La chica sonrió...

domingo, 21 de octubre de 2012

Siempre sale el Sol

Un destello, seguido de un ruidoso trueno le despertó.
El sol no era más que un pequeño haz luminoso que intentaba traspasar una enredada maraña de nubes tormentosas.

Mahtan maldijo ruidosamente. La tormenta alejaría la caza y le impediría caminar durante todo el día. Su capa estaba empapada, pues se había quedado fuera del vivac, y sería imposible encender un fuego, todas las ramas que había reunido estaban totalmente mojadas.

Miró en derredor, la tormenta abarcaba todo lo que la vista alcanzaba. Sería difícil moverse durante todo el día... Estaba a varios días de camino de la aldea, y cuando llegase no tendría mucho tiempo para recuperarse de las heridas y el cansancio; así que decidió no arriesgarse a enfermar y se quedó bajo el vivac durante casi todo el día, tallando.

Pensó en acercarse al río, y darse un baño, pero se dio cuenta de que la tromba de agua que caía había agitado las aguas, que hicieron moverse todo el lecho, logrando así que el tranquilo río pareciera un torrente marrón, enfadado con la tormenta por haber perturbado su quietud.

- Parece que hoy no habrá baño.- La tormenta había perdido intensidad, decidió dejar su ropa seca bajo el vivac, y pasear desnudo, bajo la lluvia. Quería sentirse libre, sentir cómo la lluvia caía en su rostro mientras paseaba. Era, curiosamente, la calma de la que disfrutaría antes de la tempestad que le esperaba en la aldea; aunque disfrutaría esa calma en medio de una tempestad.

Caminaba y pensaba, de vez en cuando paraba, abría los brazos y ofrecía todo su cuerpo a aquella tormenta, ya se secaría cuando volviera al refugio, ahora debía dejarse llevar y disfrutar de la naturaleza.

- ¡Mañana será otro día y saldrá el sol! - A medida que caía la tarde las aparecían varios claros en el horizonte. - ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhh! - Gritaba, preso de una gran emoción.

Mahtan pensó que en su corazón siempre había habido una tormenta, pero que ninguna tormenta dura para siempre, y que, cuando se va, todas las flores lucen aún más brillantes bajo el sol. Además, su fuerte paraguas había resistido durante todo ese tiempo, y resistiría todo el que hiciera falta hasta que la Princesa de Ojos Esmeralda expulsara las nubes y colocara el Sol que iluminaría y calentaría sus corazones durante el resto de su vida.

Completamente empapado, decidió volver al refugio, se secó con con la ropa interior y se vistió con la que quedaba seca, dejando  la mojada en un pequeño rincón. Comió frutos de su bolsa y se acurrucó, pensativo, con la figura de madera en la mano..


miércoles, 17 de octubre de 2012

Una cabaña en medio del bosque

Despertó con las primeras luces del amanecer. Después del día anterior, en el que todo parecía salirle al revés, había tenido una de las peores noches en muchísimo tiempo.

La cabeza no paraba de darle vueltas a un único pensamiento: "¿Había hecho bien?". Pudo haber acabado con la guerra de una tacada, aquella noche en el castillo, asestando un golpe mortal al enemigo... un golpe que con toda seguridad le habría costado también la vida a ella... Durante años fue un precio que estuvo dispuesta a asumir, pues siempre creyó que su vida había acabado el día que salió de la aldea de los Lobos, mas, en el último momento, escuchó a su princesa interior y decidió luchar por lo que más quería en la vida.

Aunque se encontraba enormemente cansada, agradeció los primeros rayos de luz que aparecían por el este; había llegado el momento de seguir el camino aunque la situación no fuera la más apropiada para continuar con el viaje. Sus ampollas aún no habían curado y las hierbas que había utilizado para sanar sus heridas no habían surtido el efecto deseado... Tras comer los pocas bayas que quedaban en los alrededores, comenzó a caminar. Cada paso le hacía apretar los dientes un poco más, presa del dolor.

-Tengo que continuar, si no, nunca saldré de aquí.- Hablaba en voz alta para intentar animarse, aunque sus esfuerzos eran inútiles: el cansancio, el hambre y el dolor hacían imposible cualquier visión optimista de la situación.

Caminó durante largo rato, hasta que se vio incapaz de dar un paso más, así que se dejó caer bajo la sombra de un gran árbol. Estaba perdida, muerta de hambre y de sueño, y su moral se arrastraba por el suelo, persiguiendo a duras penas la pequeña sombra que le acompañaba a mediodía. La brisa alivió el calor que sentía, y, tras unos instantes, consiguió recuperar el resuello... Intentó calmarse, pero su corazón se movía aceleradamente en su pecho... la situación era complicada. Pensó en intentar acortar el camino atravesando un bosque, pero aquello solo la entristeció: no era capaz de continuar por el camino, ¿cómo podía pensar en atravesar un bosque? Con ese pensamiento, cayó en un profundo sueño.

El sueño no fue agradable, consistió en una sucesión de imágenes de difusos colores, ruidos, sentimientos y confusión, no sabía dónde se encontraba, ni cómo, pero entendía que aquello tenía algún significado, aunque no fuera capaz de descubrirlo en ese momento...

De repente, todo se calmó, se encontraba en una preciosa habitación, decorada de manera excelente, en una enorme y confortable cama. Llevaba puesto un vestido verde, con los hombros descubiertos. Se miró al espejo, era toda una princesa. Su corona plateada, con engarces de esmeraldas brillaba con los rayos de sol que entraban por la ventana.

La puerta de la habitación se abrió, y supo que tenía que bajar las escaleras. Cuando se encontraba a medio camino, comenzó a percibir un delicioso olor. Olía a venado asado; pero también reconoció un olor que hacía mucho tiempo había olvidado, aunque supo al instante qué era: sopa de cebolla...

Entonces entendió que se estaba acercando a casa... la Princesa de Ojos Esmeralda volvía a casa.

Se despertó acurrucada bajo la sombra del árbol, y abrió los ojos justo cuando el sol se ocultaba tras las montañas del oeste. Se maldijo por haberse quedado dormida, tenía varias picaduras de insectos en todo el cuerpo, pero, a la vez, se sentía reconfortada por la parte final del sueño.

Su estómago rugió, como si quisiera recordarle que llevaba vacío demasiado tiempo... Entonces se dio cuenta de que el olor del venado era real, aunque lo primero que pensó fue que se estaba volviendo loca.

Se levantó y miró hacia el bosque que tenía delante, aquél que no quiso atravesar por la mañana. Se frotó los ojos, incrédula. Una pequeña columna de humo salía de entre los árboles, probablemente de una cabaña situada en el interior... Decidió internarse siguiendo el humo... y el olor.

Consiguió ver la cabaña, y, de repente, unas manos la agarraron, le ventaron los ojos y la arrastraron...

lunes, 15 de octubre de 2012

El Sanador

La niña cayó al suelo, inerte, mientras el lobo lanzaba zarpazos y dentelladas en su pequeño cuerpo. Cuando se disponía a dar el golpe de gracia con los colmillos en la garganta, una flecha le atravesó el corazón, matando instantáneamente al lobo, que cayó al suelo tras ser alcanzado por dos flechas más...

Uno de los Lobos se llevó al pequeño niño, totalmente conmocionado, con su madre; mientras que los otros dos corrieron hacia el inmóvil cuerpo de la niña.

-¡Su respiración es muy débil! ¡Hay que hacer algo!

- Creo que no podemos hacer nada por ella. - El arquero desenfundó su daga.

- ¡Detente! ¡Llevémosla al Sanador! ¡Rápido, preparad dos caballos y un carro para transportarla! - La voz del Viejo hizo que ambos reaccionaran de inmediato; era el hombre más respetado de la aldea, el capitán de los Lobos.

No tardaron en acomodar a la niña en el carromato, con una curandera de la aldea que la asistiría durante el viaje... Su semblante estaba pálido como la nieve. El Viejo en persona dirigiría el carromato, y había una escolta de dos Lobos más. Todos estaban muy tensos, nadie quería ver a aquél al que llamaban el Sanador.

El Sanador vivía en una pequeña cabaña a unos 20 kilómetros de la aldea. Nadie sabía exactamente de dónde venía, ni qué había hecho durante su vida, pero tampoco nadie se atrevía a preguntárselo. Transmitía un halo oscuro, como si su alma estuviera podrida y corrompida por algún extraño poder maligno. Sus artes curativas no tenían comparación, pero la leyenda decía que cada vez que las usaba, ocurría algo malo para compensar a los dioses del mal; se hablaba de plagas, inundaciones, o, incluso guerras. Tampoco nadie sabía exactamente cuánto tiempo llevaba viviendo en aquella cabaña, ya que hasta los más viejos del lugar hablaban de él desde pequeños, y corría el rumor de que había vendido su alma para alcanzar la inmortalidad.

El Viejo sabía que aquella niña solo tendría una esperanza si la llevaban al Sanador, o al menos, eso esperaba, y se escudó en su rechazo a las leyendas y supersticiones para dar la orden. Sabía que nadie se opondría, pero también sabía que, de ser ciertas y ocurrir algo malo, perdería todo el respeto de la aldea.

-Una vida es una vida, hay que intentar salvar a esa niña como sea. - La niña era huérfana, y el Viejo se había encargado personalmente de su cuidado y protección, tenía la misma edad que su nieto, el hermano de Mahtan, y por eso la acogió en su familia y la quiso como a una nieta más.

Partieron hacia la cabaña del Sanador, sin saber muy bien si el precio que tendrían que pagar sería físico o espiritual...




lunes, 17 de septiembre de 2012

La razón y el corazón

Se dejó caer, presa de la decepción que sentía hacia él mismo, junto a un gran tronco. La tormenta se había hecho bastante intensa, pero las ramas del árbol eran espesas y les protegían de la lluvia. Tárax seguía respirando rápidamente, intentando recuperar el resuello. La presión del jinete había sido enorme, y el caballo se había exprimido al máximo. Tras unos instantes, la bestia se acomodó junto a su dueño.

El dolor de la pierna era muy agudo, y le había costado tanto bajarse del caballo que no se creía capaz de poder volver a subir, al menos hasta que se le pasaran los calambres que sentía en los hombros.

Intentó relajarse con el sonido de la lluvia, aunque en su mente se sucedían los pensamientos de manera constante, atropelladamente. Su comportamiento había sido totalmente irracional, poniendo en peligro tanto su vida como la de Tárax, y; si hubiera llegado a la prisión, probablemente la de su hijo... en caso de que siguiera vivo. Además, seguramente desde el centro médico hubiera salido alguien en su búsqueda, y podría haber quedado atrapado en la tormenta que se había formado... Definitivamente tenía que pedir perdón por su actitud, y estaba claramente arrepentido. Luego pensó que su comportamiento le costaría un castigo ejemplar, la pérdida de control no encajaba en la disciplina militar, y, por tanto perdería algunos privilegios, principalmente su permiso. Quizás también tuviera que hacer algún trabajo de establos o letrinas...

- He perdido la oportunidad de hacer lo que más deseaba en el mundo, que era ver a mi esposa, por un ataque de pánico, Tárax. Estoy muy arrepentido, he sido un inconsciente, espero que sepas perdonarme.

El caballo emitió un pequeño gruñido, como si hubiera entendido lo que el sargento le había dicho.

¿Acaso no era su hijo un motivo suficiente como para perder el control? ¿Qué pensaría ahora su mujer? Su cerebro agolpaba las preguntas en su mente, sin que le diese tiempo a responder ninguna... Empezaba a sentirse demasiado cansado.

La tormenta remitió, abriendo paso a la oscura capa con millones de puntos brillantes, que observaba el terreno mientras las pocas nubes que quedaban dejaban caer las últimas gotas de agua.

-Tárax, te pido un último esfuerzo, debemos llegar al puesto esta misma noche, el dolor se me hace casi insoportable. - El caballo le miró, con la pena reflejada en sus oscuros ojos.

Intentó incorporarse, no sin soltar un desgarrador grito de dolor. La venda empezaba a empaparse de sangre, la herida se había vuelto a abrir; necesitaba curación si no quería que se volviera a infectar... ya había estado a punto de perder la pierna una vez, y ahora, por su falta de raciocinio, se asomaba de nuevo al abismo.

Tras varios intentos, consiguió subir al corcel. El dolor le había hecho estar a punto de desmayarse en dos ocasiones, pero había logrado reponerse... probablemente no lo lograría una tercera. Debía llegar él solo al puesto, pues la tormenta de la noche anterior había borrado las huellas del caballo, lo que hacía prácticamente imposible que le encontrasen...

Las estrellas le seguían de lejos, aunque siempre acompañando a la creciente Luna, que vigilaba la escena arropada por unas pequeñas nubes, restos de la vorágine anterior. Intentó levantar la vista, como cada noche, pero tuvo que recostarse sobre el caballo, abatido por el cansancio y el dolor, y rezar para que Tárax supiera volver al pequeño puesto fronterizo.

Tres jinetes lo interceptaron unos kilómetros más adelante, muy cerca ya del puesto fronterizo, el capitán intentó dialogar con él, pero el cansancio hizo que esta vez sí se desmayase.


Se despertó bajo la mirada del furioso capitán.

- Espero que le haya merecido la pena el viaje Vardamir, y que comprenda que una actitud así no será tolerada. La enfermera ha dicho que necesita recuperarse, le quiero en mi despacho en cuanto pueda levantar su maldito culo de la cama. ¿Está claro?

- Sí, mi capitán. - La voz era muy débil, apenas audible.

- Bien. - El capitán salió de la sala, con aire enfadado.

Había perdido todo lo que tanto le costó reunir en los últimos meses solo por una estupidez. El desánimo y la tristeza se apoderaron de él. El día gris y tormentoso era un fiel reflejo de su corazón en esos momentos.

Alguien entró en la habitación un tiempo después, y el sargento pensó que sería la hora de comer, aunque no tenía demasiada hambre.
Sin embargo, quien entró fue el soldado con el que había hablado unos días antes.

- Solo he venido a decirle que admiro su valor, Sargento, en nuestra conversación me enseñó lo importantes que son para nosotros las otras personas, y que debemos luchar por ellas tanto como nos permitan nuestras fuerzas. Hoy, sin embargo, me ha demostrado lo que está dispuesto a hacer por su hijo, ha sido capaz de intentar lo imposible por salvarle, enseñándonos el amor que siente por él. Si no fuera por su pierna, estoy seguro de que lo habría traído sano y salvo. Tengo la impresión de que no voy a dejar de aprender nunca de usted. ¡Gracias, señor!

El chico salió de la sala precipitadamente, alegando estar de guardia y buscándose un buen lío si alguien le veía. Cuando cerró la puerta, un rayo de sol se coló entre las nubes e iluminó el pecho del hombre tumbado en la cama, justo en su corazón.

Fue entonces cuando el sargento entendió que hay veces en las que hay que escuchar más al corazón que a la cabeza...

lunes, 3 de septiembre de 2012

Príncipe Mahtan

Se durmió con la figura apretada firmemente contra su pecho, mirando la Luna, que brillaba preciosa aquella noche.

Después de todo era un príncipe... aunque un príncipe sin reino, ni princesa...

miércoles, 29 de agosto de 2012

Unas horribles cicatrices

Volvió a recuperar la consciencia, presa, como las ya incontables veces en las últimas horas, de un mareo que le hacía no ser dueño de sus palabras. Supuso que sería algún tipo de veneno utilizado para interrogarle.

Cada vez que miraba hacia la causante de todo su sufrimiento, sus ojos parecían moverse hacia las partes de su cuerpo que presentaban horribles cicatrices. Cicatrices que en un pasado lejano y durante mucho tiempo fueron terribles heridas que le causaron multitud de infecciones.

Las miraba de forma automática, como si sus ojos quisieran transmitir a su cerebro dónde las había visto antes. Esas cicatrices evocaban un viejo recuerdo perdido en el tiempo, y nublado por el veneno que atenazaba su cerebro...

No era capaz de escuchar con nitidez a la mujer, y esta le golpeaba en la cara, pero él ya no sentía nada; estaba completamente envuelto en aquella sensación, contestaba a las preguntas automáticamente, sin siquiera detenerse a pensarlas; esto hacía que tampoco supiera qué había respondido exactamente, aunque todo daba igual, ya no controlaba su cuerpo, tan solo sentía la horrible sensación de que todo daba vueltas a su alrededor.

Cayó inconsciente una vez más, pero esta vez tuvo un sueño...

Era un niño y estaba jugando a pocos metros de la aldea, con un arco de madera que le había hecho su padre. - De mayor quiero ser Lobo, ¡como mi padre! - Dijo lanzando una flecha de juguete hacia una arboleda.

Se disponía a ir a recogerla cuando una niña corrió detrás de la flecha a la velocidad del rayo. Se internó en la arboleda y de repente, cuando casi había cogido la flecha, una zarpa la derribó...

lunes, 27 de agosto de 2012

La vuelta de Mahtan

Ahí estaba, delante de ese río, con un resplandor de fondo que indicaba que el amanecer era inminente, una vez más, en el sitio exacto donde había lanzado la piedra... La decisión ya estaba tomada.

Comenzó a deshacer lo andado durante los últimos dos días, y no pudo evitar mirar de nuevo hacia el lugar donde la extraña piedra azul se había hundido en el tranquilo río.

Caminó durante todo el día, y solo se detuvo al atardecer, donde volvió a encender una hoguera para cocinar la cena y a prepararse su refugio.

Cenó y caminó unos metros para deshacerse de las sobras. En mitad del camino se agachó para recoger una pequeña rama partida. Era prácticamente imposible adivinar de qué árbol había formado parte en su día, pero parecía llevar mucho tiempo en el suelo, situada en un punto muy visible del camino... como si alguien la hubiera dejado ahí a propósito.

Volvió pensativo, una vez más, hacia la hoguera con aquella rama en la mano, se sentó en una piedra junto a la cama de hojas, frente al fuego, y comenzó a tallar mientras su mente se perdía en sus propios pensamientos.

Había entendido por fin cuál era su lugar, su papel. Ese sueño le había enseñado que tenía unas obligaciones que cumplir, y que seguro que algún día podría desplegar sus alas, que continuaban encerradas en aquella prisión de metal.

Sabía ahora que su lugar estaba en la aldea, junto a su madre y su gente, y que era el encargado de liderar su grupo de Lobos. Se dio cuenta de que cuando su padre y su hermano volvieran, al igual que todos los que estaban sirviendo de uno u otro modo en el ejército, esperaban encontrar la aldea exactamente igual que cuando se fueron. Todos tenían ese sueño, y ahora era responsabilidad de Mahtan que cuando lo alcanzasen estuviera exactamente como lo anhelaban. Mahtan se maldijo por no haberse percatado antes, se sintió tremendamente egoísta.

Volvió en sí, había estado un rato tallando, y la madera empezaba a tener forma humana.

Pensó en su madre, la oyó llorar mientras se alejaba de la aldea, estaba sufriendo mucho más de lo que debería, y una gran parte de la culpa la tenía él. Volvió a maldecirse, su madre no tenía que sufrir sus decisiones mal tomadas...

- Supongo que a veces hacemos daño a las personas que queremos sin darnos cuenta con las decisiones que tomamos nosotros mismos...- La figura tenía forma de mujer.

martes, 21 de agosto de 2012

El camino propicio

La lluvia azotaba su cara, y el viento, que le había pasado inadvertido hasta ahora, hacía que le costara un gran esfuerzo mantenerse sobre el caballo...

Reaccionó como quien despierta de un sueño, un sueño de ira que le habría llevado a una muerte más que segura. El despertar le trajo un intenso dolor en la herida, además de en los hombros, que llevaban tiempo haciendo un sobreesfuerzo para conseguir que no se cayera.

Se dio cuenta de lo cansado que estaba, y del poco sentido racional que tenía lo que estaba haciendo. Miró hacia delante, el camino era desolador: todo estaba embarrado, y la niebla hacía imposible ver nada a más de unos cuarenta metros... no sabía lo que le esperaba. Sentía la agitada respiración del corcel, y se sintió culpable por forzar a aquél animal de una forma tan desmesurada. Se bajó, acarició la cara del rocín de manera cariñosa.

- Lo siento mucho, eres muy valiente. - Se dirigió cojeando hacia un grueso árbol, con una copa muy espesa.

Se sentó, apoyado en el tronco, mientras dejaba que la bestia descansara unos minutos, pronto retomaría el camino de vuelta.

- Supongo que a veces hay que parar, y si el camino no es propicio, dar la vuelta y esperar un poco, ¿no crees, bonito?

El caballo se dejó caer, exhausto.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Dos caminos, una elección

Durante un largo rato se quedó de pie, observando fijamente el lugar exacto donde la piedra se había hundido.  Intentaba encontrar el fallo, qué parte de todo el proceso había hecho mal para que la piedra no hubiera rebotado ni una sola vez...

Se sucedieron pensamientos y sensaciones en su mente, a la piedra le siguió su madre, después su padre; también se acordó de su hermano, el mensajero, del que hacía tiempo que no tenía noticias...

-Cuando esté en el frente sabré de él.- Pensó.

Siguió dando vueltas en su cabeza a todas las situaciones que tendría que afrontar: cómo llegaría a la capital, dónde iría... y lo más importante, qué le diría al rey cuando lo tuviera delante (si es que conseguía una audiencia).

De repente, algo le sacó de sus pensamientos. La noche estaba ya bien entrada, con lo que no sabía cuánto tiempo llevaba ahí de pie... se giró hacia el vivac y vio cómo un lobo se comía los restos de carne que transportaba...parecía demasiado hambriento para luchar, así que en cuanto vio a Mahtan, cogió los restos de la presa con los dientes y se fue lejos de allí.

Mahtan lo dejó ir sin resistencia; después de todo estaba desarmado y ya tenía la carne del día siguiente preparada dentro del refugio, con lo que el amasijo de huesos que el lobo había robado no servía más que para atraer a cientos de bestias nocturnas.

Se acercó con cuidado, por si había algún animal más en los alrededores. Llegó al vivac, encendió una hoguera y se acostó, pensando en el camino del día siguiente...

Supuestamente, si seguía el río llegaría a la capital, aunque era incapaz de decir en cuántos días; sin embargo, aquél no era el mayor de sus problemas, ya que estaría provisto constantemente de agua y carne de los animales que se fueran acercando al río. Así, mientras intentaba averiguar dónde estaba, se quedó dormido en un profundo sueño...


Caminaba por un campo bañado en una espesa niebla, el terreno estaba cubierto de barro, y hacía del viaje una penosa caminata en la que cada paso costaba cada vez más.

Uno de los pasos hizo que se hundiera en un charco. Mientras una fuerza le arrastraba hacia el fondo, Mahtan hacía lo imposible por salir a flote; la ropa, ahora mojada, no ayudaba en absoluto. Tuvo que desprenderse del cinturón, donde colgaba la espada, del arco, las botas, el pantalón y la capa, que se hundieron en el agua.

Entonces una mano tiró de la suya, arrastrándolo fuera de aquella trampa, y dejándolo de nuevo sobre el lodo, prácticamente desnudo.

Era una figura humana, muy anciana, que le resultaba extrañamente familiar.

- Es una época de sacrificios, Mahtan. Tendrás que hacer sacrificios si quieres que todo vuelva a ser como antes. Recuerda que cada cual tiene su lugar, que es donde debe estar; no se pueden cambiar las cosas de esa forma. - Mahtan la miraba, incapaz de hablar. -Todo es un ciclo, todo volverá a ser como antes... encontrarás la luz.

La figura se retiró volando hacia el cielo y, cuando llegó, una luz muy intensa le cegó.


Abrió los ojos, ya había amanecido. Calentó agua y se hizo un amargo té de hierbas; no paraba de pensar en el sueño... Cuando lo tuvo todo recogido supo que había llegado el momento de elegir el camino...

lunes, 13 de agosto de 2012

Los caprichos de los dioses

Se despertó justo cuando la enfermera estaba terminando el vendaje, el dolor había remitido, y un olor que reconoció como el de un tipo de hierba curativa que usaba su mujer impregnaba la fría sala.

Espero que haya descansado, sargento, la herida ya está mucho mejor, seguramente mañana pueda cabalgar a casa. Ya me han dicho que tiene un mes de permiso.

- Así es. - Respondió con aire ausente, preguntándose cuánto tiempo había dormido. Lo cierto era que se encontraba mucho mejor. - ¿Qué ha sido del príncipe...? - Intentó asomarse por la ventana.

- El príncipe partió ayer a la capital, un mensajero trajo noticias sobre un soldado, apellidado Vardamir, que había sido capturado. Así que se fue de urgencia a ver a su padre para tratar el asunto. En cuanto al caballo, no se preocupe, no tenemos los mejores establos del mundo, pero Tárax está bien cuidado...

- ¿Vardamir has dicho?

- Sí, creo que era un mensajero, ¿por qué?

- Soy el sargento Vardamir, ese hombre es mi hijo...

La cara de la mujer se tornó alarmantemente roja.

- L...l... lo siento, señor, no tenía ni idea...

El sargento se incorporó, pero un dolor agudo le hizo volver a recostarse...

- ¿Sabes algo más?

- El mensaje era secreto para el príncipe, señor, no obstante, en la fortaleza se comenta que fue trasladado a la Prisión... Siento darle estas noticias, sargento.

Nadie del reino conocía la Prisión, pero todo el mundo había oído historias. Historias de experimentos y torturas que hacían confesar hasta al más fiel de los soldados. El sargento se derrumbó...

Tras unos instantes de llanto y maldiciones a los dioses bajó de su camilla y con un intenso dolor que casi hizo que se cayera de bruces al suelo, cogió su espada, corrió hacia los establos y montó a Tárax, tomando rumbo sur y azuzando al caballo para que galopase con la mayor celeridad posible...

Nadie reaccionó a tiempo para detenerlo, el sargento cabalgaba ciego de ira, maldiciendo una y otra vez, con violentos gritos. Estaba fuera de sí...