martes, 26 de junio de 2012

En medio de la tormenta

Caminaban penosamente, un día más, tratando de alcanzar por fin el puesto fronterizo, un refugio entre las montañas que servía para vigilar el paso entre los dos reinos. El emplazamiento era secreto, pero el príncipe conocía su ubicación; después de todo era el hijo del general.

El día amaneció triste, y la situación no invitaba al optimismo, 4 días de camino tomando las máximas precauciones, en medio de territorio enemigo y sin prácticamente descansar habían dejado su moral por los suelos.

Cada uno tenía su motivo para continuar, el que hacía que la mente no desfalleciera, aunque el cuerpo estuviera completamente exhausto y dolorido . La rabia, la ira y la sed de venganza eran la de dos de los compañeros, mientras que el otro luchaba por volver a ver a su familia; y al parecer todas eran igual de efectivas...

Una ligera lluvia empezó a caer, mientras las oscuras nubes, que presagiaban una gran tormenta, se arremolinaban justo en la dirección a la que se dirigían.

-Al menos no tendremos que tapar nuestras huellas.- Ninguno de los otros dos respondió.

Se acercaban a una gran llanura que precedía la montaña donde se encontraba el puesto, debían tomar una decisión: cruzar la llanura aprovechando la noche o buscar un refugio y tener que cruzarla de día.

Ambas posibilidades presentaban un serio riesgo; si decidían cruzar en ese momento podían verse sorprendidos por la tormenta, en medio de una llanura sin apenas cobertura y sin la guía de las estrellas. Por otro lado, quedarse donde estaban implicaba pasar una noche más en aquella tierra, teniendo que buscar refugio y arriesgarse a cruzar la llanura durante el día...

- Señor, ha de tomar una decisión.

- Confío en ti, Vardamir, ¿qué recomiendas?

- Mi señor, soy incapaz de decidir cuál es la mejor opción, pero creo que si partimos ahora, podemos llegar al paso antes de que amanezca, y no he visto ningún refugio cerca... - El corazón le decía que siguieran adelante, pero no podía explicárselo así a su comandante. Además, tenía la certeza de que les seguían...

- Estoy de acuerdo con él. - Era la primera vez que el primo del príncipe decía algo a su favor. En las últimas horas, a consecuencia del cansancio, había perdido la arrogancia. Al parecer, los tres compañeros se estaban empezando a ver como personas que perseguían distintos sueños, pero todos igual de importantes.

Reanudaron su marcha, con los ojos puestos en el camino, y la mente perdida, muy lejos de allí. Cada vez llovía más...

Calculaba que ya habían recorrido la mitad del camino, y para entonces la lluvia se había convertido en un manto que les impedía ver y oír. Ahora estaba mucho más seguro de que estaban en peligro...


Ya estaban al límite de sus fuerzas, y comenzaban a estar al límite de la cordura. Divisaron una extraña luz a unos metros de distancia, el primo del rey corrió hacia ella, gritando algo ininteligible.


-¡No! - El príncipe le tapó la boca.

-Ha perdido la cabeza, no nos delates.

Era una trampa, en cuanto llegó al foco de luz tres flechas impactaron en su cuerpo, un oportuno relámpago iluminó el momento en el que caía inerte al suelo.

Tenían poco tiempo... y tenían que pensar algo. El enemigo les había encontrado, todavía les quedaba un largo trecho hasta el paso, la única referencia que tenían era aquella maldita luz, y, para colmo, el enemigo sabía con cierta precisión dónde estaban.

Estaban condenados, solo podían resignarse a esperar a que les alcanzaran, y que, al menos, les dieran un combate digno... No... eso no sucedería, iban a morir ahí, en aquella yerma llanura, bajo aquel aguacero, lejos de su hogar, lejos de su familia... lejos de ella. Ya no volvería a besarla nunca más. No volvería a tenerla entre sus brazos.

Miró al príncipe, su cara era el impávido reflejo de quien sabe que va a morir y no puede hacer nada para evitarlo. Habían llegado a la misma conclusión. Se preguntaron qué habría pasado si no se hubieran adentrado en la llanura... pero ya nada importaba...

Su instinto le avisó una vez más... ¡No puede ser! ¡Estaba delirando! Decidió arriesgarse, ¿qué podía perder?

Metió los dedos en su boca y los hizo sonar como había hecho tantas veces... Nada ocurrió.

-¡Maldita sea! Estaba seguro de que lo había oído... - La pena volvió a invadirle... pero volvió a oír ese sonido... y volvió a silbar. Un segundo después, un majestuoso caballo se alzaba ante ellos... No podía creer su suerte... pero... ¿dónde estaba su hijo?

Sin pensarlo, levantó al príncipe y ambos subieron al caballo, alejándose rápidamente de la luz. Le pareció ver cómo una flecha pasaba cerca de ellos, y después sintió un profundo dolor en una pierna... Le habían alcanzado, pero ya no importaba. Era un rayo más en aquella tormenta que se dirigía a su objetivo.

Al parecer, siempre se puede salir de una tormenta si se tiene la perseverancia de silbar varias veces...






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