martes, 19 de junio de 2012

Lobos

Volvía de la mano de su abuelo, que transportaba al hombro la mayor pieza que jamás hubiera visto, como si no pesara. A pesar de contar con muchos años y arrugas en la cara, todavía era un hombre fuerte; era el capitán de la partida de caza de la aldea, Los Lobos, y, además, consejero del lugarteniente del rey en la zona.

La caza había sido dura, dos días antes partieron cuando todavía era de noche; una noche de otoño sin luna. Los Lobos, expertos conocedores del terreno, no necesitaban la luz del astro para guiarse por su tierra... pero él todavía era un niño, y, a pesar de conocer el terreno tan bien como ellos, los nervios le hacían dudar de sí mismo y le costó un tiempo acostumbrarse a la marcha presurosa y silenciosa del grupo.

En los ratos de descanso le gustaba observar el arco de su abuelo, el mejor arco de la zona. Una pieza de artesanía sin igual cuyo dueño utilizaba a la perfección; una armonía sin defectos que se había cobrado cientos de piezas. Se dijo que algún día él sería el capitán de los cazadores, y que aprendería junto a su abuelo.

Había admirado a ese hombre desde que tenía uso de razón, era la persona más cariñosa y justa que había conocido (a pesar de su corta edad) y dudaba que alguna vez conociera a alguien así... Sí... definitivamente, su abuelo era su ejemplo a seguir.

Ya se podía oler el aroma de la sopa de cebolla de su madre, un entrante delicioso para acompañar su plato favorito, cuyo ingrediente principal traía el Capitán al hombro.

- ¿En qué estabas pensando? ¡Tu familia se muere de hambre y tú no eres capaz de matar un maldito venado viejo! - Se había vuelto a quedar ensimismado en sus pensamientos. Los recuerdos de una época próspera, de cuando creía que su vida iba a ser hermosa... De un tiempo pasado.

La realidad no era así, el último año había sido duro, muy duro. La guerra del sur había despojado de la mayoría de sus pertenencias a todos los miembros de su pequeña aldea. Alimentar a las tropas era costoso, y, a la poca caza que quedaba, había que sumar el hambre que mostraban los lobos de la zona, especialmente peligrosos. Él también era un Lobo, pero ya no quedaba ni rastro de aquel orgulloso grupo. Tan solo un arco, magullado y astillado por el uso; un vago recuerdo del Gran Capitán de los Lobos, su abuelo.

Era la última oportunidad, ese viejo venado devorado por aquel lobo era el último objetivo. Llevaban 4 días de caza y los pobres métodos de conservación con los que contaban no harían que la carne aguantara más tiempo. Debían volver... La lluvia mojaba sus tristes rostros... perdidos en aquel extraño lugar...

El botín era escaso, muy escaso, pero al menos daría para unos pocos días antes de volver a entrar furtivamente en la tierra de los Elfos, en el Valle de los Árboles Dorados; del que solo quedaba el nombre, pues ahora tenían un color cobrizo.

Él no lo sabía... pero pronto todo iba a cambiar... solo tendría que ser valiente y tomar la decisión adecuada....





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