miércoles, 20 de junio de 2012

Luz de luna

¡Por fin volvían! Sabía que estaba en las mejores manos, pero todo padre siempre se preocupa por sus hijos. A pesar de no dudar ni un instante del Gran Capitán de los Lobos, sintió alivio al ver el estandarte de la partida de caza ondeando al viento, a lo lejos.

- El Viejo siempre se las apaña para venir a la hora de cenar, ¿eh? ¡Mira qué contento viene el niño!

La voz venía de la cocina, acompañada del familiar olor de la sopa de cebolla. Se giró y miró a su mujer, embarazada por segunda vez, como si fuera el primer día. Un momento mágico bajo la luz de aquella luminosa Luna de verano, hacía tantos años.

- Las cosas buenas nunca cambian. - Dijo mientras se acercaba y la besaba con ternura en la frente.


 Se sintió el hombre más afortunado del mundo: era un orgulloso Lobo de la aldea, su padre era el mismísimo Gran Capitán, al que todos llamaban Viejo cariñosamente; seguía enamorado hasta el tuétano de los huesos de su esposa, con la que cada noche paseaba a la luz de la Luna. Habían sido bendecidos con un hijo, y ahora esperaban otro antes de que acabara el invierno. Nada podía fallar... la vida era maravillosa.

Los Lobos habían llegado, los cocineros se apresuraban a recoger la caza, había que darse prisa, la fiesta era al día siguiente y todavía debían preparar la carne.

Todos los años en la aldea se hacía una fiesta para despedir el otoño. Acababa la última temporada de caza del año; ya que en invierno se hacía peligroso salir lejos, pues los lobos eran muy peligrosos. Nadie dudaba del valor y la capacidad de las partidas, pero era un riesgo que no hacía falta asumir, ya que podían alimentarse de la ganadería.

Cenaron a la luz de las estrellas, la sopa y la carne sabían especialmente bien aquella noche; no se podía ser más feliz, nada podía arrancarle esa dicha... Era correspondido por la mujer a la que siempre había amado, era su cómplice, su amiga y su amante... era una parte de él mismo. Tenía éxito profesional, estaba llamado a ser el heredero del Viejo como capitán de los Lobos, y también era querido y respetado por toda la aldea... y por el lugarteniente del rey, que pronto, quizás, fuera su propio padre.

De repente, notó algo raro en el ambiente... no habría sabido explicarlo nunca, pero un Lobo sabe cuándo algo no va bien...

Reaccionó demasiado tarde... demasiado tarde para salvarla, aunque no demasiado tarde para ver el último aliento de vida de aquella mujer, pronunciando su nombre, mientras la punta ensangrentada de una flecha traspasaba su cabeza.

Sintió cómo la misma flecha traspasaba su corazón, sin tocarlo, consumiendo su alma... debía reaccionar, debía salvar a su primogénito. Rápidamente, a la vez que intentaba recordar dónde estaba su arco, saltó con el fin de tirar al niño al suelo. "Debo salvarlo". "Mi princesa...". "¿Dónde está mi arco?". Su cerebro no paraba de confundirle... "¡Padre!". "¡Mi hijo!". "¿Quién?". "¿Por qué?".

Cayó al suelo, cubriendo con su cuerpo a su pequeño hijo. Una mano lo agarró por detrás y empezó a zarandearlo, gritando palabras que no era capaz de entender al principio, pero que iban siendo más claras cada vez...

- ¡Despierta de una vez, viejo, es tu turno de guardia!

Tardó unos instantes en reconocer ese rostro a contraluz, y un poco más en entender qué había pasado y dónde estaba. Cuando lo hizo, no pudo sentir otra cosa que no fuera un grandísimo alivio. ¡Todo había sido una pesadilla! Recordaba perfectamente el día del sueño; tras la tranquila cena, habían acostado al niño y se habían ido a pasear como acostumbraban bajo la tenue luz de la Luna creciente.

- ¡Vamos, mueve el culo y quita esa sonrisa de estúpido de tu cara!

El alivio duró poco, estaba en grandes problemas. Formaba parte de una partida de expedición en tierras enemigas, en la guerra del sur. Mientras estaban fuera, el campamento base había sido arrasado por el enemigo, y solo pudieron verlo de lejos por temor a acercarse y caer en una trampa. De eso hacía tres días, tres días sin apenas descanso en los que intentaban desesperadamente volver a casa, al reino.  El mismísimo príncipe estaba con él, y a ambos les acompañaba el sobrino del rey, que carecía de modales por completo. A pesar de cómo le trataba, debía reconocer que era valiente en el combate; más valía tenerle cerca en el campo de batalla... pero solo en el campo de batalla.

Llevaba un año de servicio militar, pues debía cumplirlo como miembro y capitán de los Lobos. Afortunadamente el Viejo consiguió convencer al rey de dejar una pequeña cantidad de Lobos en la aldea, para garantizar que no hubiera problemas de comida... teóricamente. Su hijo fue afortunado, pero él partió a la guerra.

Su agotamiento solo era comparable a las ganas que tenía de volver a casa, de ver a sus hijos... pero sobre todo, de volver a estrecharla entre sus brazos. Todas las noches se quedaba mirando la Luna, como así hacía ella, bañado por su luz y recordando todos y cada uno de los hermosos momentos que habían vivido juntos. Todas las noches también se maldecía, pues acababa derrotado por el cansancio, y muy pocas veces llegaba a ver la Luna durante toda la noche. Era su momento de paz, de evasión de aquella cruda realidad, su momento de soñar que algún día volvería a besarla, como así había querido que fuese siempre.

Aquella noche se había quedado dormido como tantas otras noches bajo la luz del astro. Era su turno de guardia, tenía que hacer el último esfuerzo por llegar sano y salvo...

Después de todo, seguía casado con aquella mujer... casado con la Luna.






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