viernes, 29 de junio de 2012

Mahtan Vardamir

No acamparon esa noche, estaban cerca de la aldea y se habían quedado sin madera seca para hacer fuego, algo indispensable para ahuyentar a los hambrientos y peligrosos lobos. No podían recogerla del suelo, pues a lo largo de la tarde había caído una ligera llovizna.

-Estas pequeñas nubes no son nada comparadas con las que se están formando al sur, ¿eh?.

Debían hacer un último esfuerzo y sacar fuerzas de la flaqueza pensando que, al menos, antes de que terminara la noche estarían durmiendo con sus mujeres... Mahtan, sin embargo, no podía pensar así...

"Volver a casa".

Se enfrentaba, una vez más, a esa extraña sensación; la sensación de quien tiene corazón y cuerpo divididos.

Esa aldea era su hogar, el hogar de su familia, el hogar de sus vecinos... y éstos le necesitaban, necesitaban sus discursos alentadores, su optimismo en la adversidad... sus  habilidades para llevar algo de caza de lugares a los que nadie se atrevía a ir en esos tiempos de guerra... la gente necesitaba a su Lobo. Él sabía lo que su pobre madre sufría, sabía que no se merecía eso, que ella siempre había tenido una vida dedicada a los demás, a ayudarles con cualquier cosa que pudiera hacer, y nunca le importó hacer sacrificios... ¿Por qué debía seguir sufriendo? Sí... su madre también le necesitaba, debía devolverle como pudiera todo el bien que le había hecho durante toda su existencia.

Por otro lado, esa misma aldea era su prisión espiritual, unos gruesos y fríos barrotes que le impedían dirigirse a su aventura más importante y complicada: encontrar a su Princesa Esmeralda. Ella era quien alimentaba su optimismo, quien le daba fuerzas para continuar, para darle la vuelta a esa horrible situación, para hacer lo posible por acabar con esa maldita guerra... Sabía que el fin de la guerra era la única posibilidad de encontrarla...

Esa era la historia de Mahtan Vardamir, la historia de un hombre que aplazaba sus sueños por cumplir con sus obligaciones, la historia de un hombre cuya casa era una caja cerrada, un espacio donde no cabían sus alas, y sin embargo, cuando salía de ella debía regresar cuanto antes.

Casi nunca tenía tiempo para él. Tan solo durante las largas caminatas, o las guardias nocturnas, donde su mente surcaba los cielos buscándola entre las estrellas. Miraba la Luna buscando la clave para acabar con tanto sufrimiento, pero todavía no la encontraba. Debía resignarse y esperar...


El olor de la sopa de cebolla le sacó de sus pensamientos, habían llegado a la aldea. Abrió la puerta de casa con cuidado, para no despertar a su madre, aunque ella no estaba en casa. La encontró en el granero, mirando la Luna, como cada noche; se despidió de ella y fue a su cama.

Al cerrar la puerta se imaginó cerrando aquella caja, donde no cabían sus alas...

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