domingo, 24 de junio de 2012

Paseos... reflexiones

No tardó en encontrar el oscuro contorno acompañando a las estrellas. Un ciclo más... esa maldita guerra le estaba destrozando por dentro.

Paseaba como cada noche por un terreno donde antaño pastaban los animales que servían de alimento durante el invierno. Ese campo yermo, seco y triste era un reflejo exacto de su vida. Elevó su vista al cielo, buscando esta vez el consejo de sus antepasados. Los tenía constantemente presentes, preguntándose dónde estarían, pero segura de que velaban por ella... aunque no lo pareciera.

No tenía noticia alguna de su marido desde hacía varios meses. -Al menos no hay ninguna mala.- Pensó.

La partida de caza tenía prevista su llegada al día siguiente. El olor de la sopa de cebolla inundaba la casa y los alrededores. La noche no era demasiado fría, pero aún así había hogueras encendidas para asustar a los peligrosos lobos, que últimamente se acercaban demasiado a la aldea.

Todo el mundo estaba triste, habían perdido las ganas de vivir. Los niños ya no jugaban por miedo a sufrir un ataque de lobos, los adultos ya no conversaban; estaban cansados de hablar de las desgracias de la guerra. La gente ya no sonreía. La incertidumbre y la desdicha de apoderaba poco a poco de aquellos aldeanos...


Se imaginó una vez más acurrucada sobre su pecho, acariciando sus brazos y mirando la Luna juntos, como siempre hacían todas las noches; era su pequeña morada espiritual. Un lugar en su alma que alimentaba la llama que le hacía seguir viva.


Dio la vuelta, era tarde y el día siguiente sería duro. Había que repartir las raciones de venado entre las gentes de la aldea, y probablemente hubieran de remendar los maltrechos ropajes de los Lobos, para que salieran de caza lo más pronto posible, una vez más.


Siempre había tenido una vida dedicada a los demás, a hacerles la vida un poco más fácil. Sus padres murieron siendo ella muy joven, y pensó que nadie se merecía tanto sufrimiento, así que buscó un erudito que le enseñase técnicas de curación durante unos años y volvió a la aldea.


Ahora no había medicina que pudiera curar su tristeza, lejos del hombre al que amaba, sufría por sus hijos: el pequeño era mensajero en la corte del rey, con lo que estaba constantemente transportando mensajes del frente a los campamentos, en ocasiones cruzando territorio enemigo. El otro, Mahtan, llevaba el sufrimiento por dentro. Siempre decía que los buenos tiempos volverían... e intentaba animar a todo el mundo con su discurso optimista. Pero ella sabía que, a veces, las personas más alegres en la adversidad son las que necesitan con más urgencia un abrazo. Mahtan siempre había hablado de sus sueños, siempre hablaba de ella, siempre la tenía presente: La Princesa de Ojos Esmeralda. Volver a encontrarla sería el reto más importante y difícil de su vida.


Mientras tanto, en el transcurrir del tiempo solo podían huir...


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