lunes, 25 de junio de 2012

Vardamir

Volvía de verse con un espía, cerca del castillo del gobernador enemigo. Llevaba un mensaje sellado con el informe de la última semana. Quedaban pocas horas de oscuridad, un manto negro que cubría sus movimientos.

Una vez más se enorgulleció de su caballo, rápido, ágil y silencioso. Podía recorrer muchísima más distancia que si fuera a pie, y sin hacer el mínimo ruido.

De repente, algo llamó poderosamente su atención, dos rastros de pisadas se dibujaban en dirección contraria a la orientación del castillo. Uno de los rastros era claramente identificable, un soldado de la guardia, había visto cientos de veces las huellas de esas botas... pero el otro... el otro no tenía nada que ver con ninguna suela que hubiera visto antes.

El del soldado parecía más reciente, por muy poco, que el de las extrañas huellas, y ambos no tenían más de unas pocas horas; la presunta persecución había empezado esa misma noche.

Se encontraba en una encrucijada, debía entregar el informe, pero también tenía el presentimiento que esos rastros le llevarían a algo verdaderamente importante, después de todo... los enemigos de tus enemigos pueden fácilmente ser tus amigos.

Se dijo que la misión era importante, pero cambiar el devenir de la guerra podía serlo mucho más. Escondió el mensaje en un compartimento bajo la silla del caballo y lo azuzó en la dirección del campamento.  Ya había hecho eso otras veces, por ejemplo cuando su compañero fue herido por una flecha enemiga; no podía permitir que el arquero regresara e informara de la posibles rutas que seguían, pues se verían sometidos a cientos de emboscadas y, sin comunicaciones, la guerra corría un grave peligro. Lanzó su caballo con el mensaje en la dirección correcta y comenzó a perseguir al arquero por la montaña. Le alcanzó casi al amanecer, mientras intentaba tenderle una trampa tras unas rocas. Se acercó con sigilo y profirió un profundo corte silencioso en el cuello de la víctima. Todo lo que se oyó fue un ligero gorgoteo, un vano intento de llenar de aire por última vez los pulmones, pero la garganta ya estaba inundada de sangre. Con un sonido sordo, el alma del desafortunado enemigo abandonó para siempre el mundo de los vivos.

Cuando volvió al lugar del ataque, no pudo hacer nada por su compañero; recogió sus pertenencias y volvió al campamento montado en su caballo. La vuelta fue larga y triste, dos muertos en un día eran demasiado incluso para alguien que estaba acostumbrado a portar malas noticias.

Tras ese recuerdo, volvió a centrar toda su atención en el rastreo. No tenía prisa, así que seguía el rastro a cierta distancia procurando tapar sus huellas. La persona que creaba el rastro desconocido parecía dirigirse al norte, aunque de vez en cuando se despistaba. A veces el rastro se paraba junto a un árbol, e inmediatamente se dirigía al norte.

-Debe guiarse por el musgo de los árboles, parece no conocer bien las estrellas.

Las pisadas evidenciaban cada vez más el cansancio, al parecer el extraño personaje intuyó que le seguían, lo cual parecía haber hecho necesario un sobreesfuerzo que empezaba a pagar.

Estaba prácticamente amaneciendo cuando divisó la silueta del guardia completamente desorientado en un claro de bosque, el primer rastro terminaba ahí. El desconocido había engañado a su perseguidor, haciéndole creer que se estaba cansando para tenderle una trampa en un lugar despejado con luminosidad suficiente como para abatirlo a cierta distancia.

El corazón del mensajero se entristeció mientras armaba con presteza su arco. Debía llevarse aquella vida, algo que siempre le resultaba desagradable. Siempre que mataba a una persona rezaba a los dioses suplicando el perdón y la piedad con el alma de la misma.

No tenía elección, debía ser rápido, el soldado pronto se daría cuenta de que había caído en una trampa... apuntó a la cabeza...

- Detente, Vardamir, esta guerra se ha tomado demasiadas víctimas.- Notó el frío acero de una daga que amenazaba su cuello. El miedo paralizó sus músculos y su garganta, incapaz de pronunciar sonido alguno ni de hacer ningún gesto. Esa extraña mujer había pronunciado su apellido...

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