martes, 3 de julio de 2012

Un rayo de esperanza en la tormenta

La lluvia seguía azotando con violencia su cara, impidiéndole mantener los ojos abiertos. El viento movía su capa empapada, estaba helado de frío, tenía una flecha clavada en su muslo, se encontraba en medio de la tormenta más intensa que había visto en su vida; todavía no había asimilado el haberse librado de esa muerte segura, un final al que había mirado a los ojos, dispuesto a enfrentarse a él con honor... pero al final, silbó...

Nada de todo lo que ocurría físicamente en su cuerpo le afectaba, casi ni era consciente del dolor, tan solo sentía la llama de su corazón, que brillaba y calentaba con más fuerza cuanto más se aproximaban al puesto fronterizo. Se había convertido en un héroe impertérrito ante la adversidad.

Detrás de él estaba el príncipe, con la cara completamente blanca, cubierta por una capucha empapada; todavía no era capaz de asimilar lo que había ocurrido, en un momento estuvo tentado de decirle a su compañero que atravesara su nuca con la espada, dándole una muerte más digna que un flechazo desde la distancia, y al siguiente se encontraba cabalgando sano y salvo hacia un puesto fronterizo. Creyó que era todo una ilusión e intentó hacer un esfuerzo por salir de ella, como quien es consciente de que está en un sueño e intenta despertar. No pasó nada... seguía montado en aquel caballo... con su rostro tan pálido como el de un muerto. Parecía haber envejecido treinta años en diez segundos.

Era imposible saber en qué dirección cabalgaban, el manto de agua lo cubría todo y el viento no les dejaba prácticamente abrir los ojos. No obstante, aquello no importaba, quien les llevaba era Tárax, el Corcel Negro, la mejor montura que había en todo el reino.

Tárax conocía perfectamente el camino, lo había hecho cientos de veces y sabía perfectamente quién era su jinete, le había amaestrado cuando tan solo era un pequeño potro.

Poco a poco la tormenta iba remitiendo, y por fin llegaron al paso de las montañas. Una flecha se clavó en el suelo junto a una de las patas del caballo, indicando que, si querían pasar debían conocer la contraseña; si no, serían acribillados.

- ¿Es que no sois capaces de reconocer a vuestro príncipe? - La voz del hijo del rey hacía adivinar que se encontraba realmente molesto y cansado. - Cabalgamos uno de vuestros caballos, ¡abrid las malditas puertas!

Otra flecha cayó y se clavó cerca del príncipe.

- ¡Maldita sea! - Bajó del caballo y se quitó la capa, dejando relucir la armadura real. Inmediatamente la puerta se abrió, dejando ver al capitán de la guardia a 10 de sus hombres con sus arcos apuntándoles directamente.

- ¡Bajad las armas, es el príncipe! ¡Diablos, majestad! ¿Cómo sobrevivísteis?

- Hay cosas más importantes en las que pensar, mi compañero y yo debemos descansar, mañana viajaré a entrevistarme con mi padre. Dadle a este hombre un mes de descanso, se ha ganado el ver a su familia.
Procuradnos una cama y cuidados médicos, ¡y sacadle esa maldita flecha de la pierna!

La puerta se cerraba tras ellos. Ahora que todo había terminado empezó a ser consciente de lo cansado que estaba y de lo que le dolía la herida de la pierna. Pero nada importaba. Tenía un mes de permiso, y al día siguiente partiría sin demora a ver a su amada esposa. Una lágrima resbaló por su mejilla, no podía creerlo, volvería a tenerla entre sus brazos...

Miró la Luna por el último resquicio de la puerta y se dirigió a la enfermería... más contento que nunca en los últimos meses.

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