lunes, 6 de agosto de 2012

La piedra azul

Dos noches antes tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no volver a abrazar a su madre antes de salir... sabía que debía tener la determinación de irse sin más dramatismo.

 Durante esos dos días la añoranza se unió al grupo de sentimientos que azotaban su mente.  Al poco tiempo de salir de la aldea, encontró una pequeña piedra que llamó poderosamente su atención: era una piedra azul, de unos dos centímetros de grosor y con una forma un poco ovalada, pero casi esférica. Inmediatamente la cogió.

Recordó cuando era niño y se acercaba al lago junto a la aldea, le gustaba tirar piedras al agua, intentando que dieran el mayor número de saltos posibles antes de frenarse y hundirse para siempre en las profundidades. Guardó la piedra en el bolsillo, pero sin saber muy bien por qué, cada vez que se daba cuenta la tenía en sus manos, frotándola suavemente con los dedos, limpiándola de polvo, como intentando pulirla.

Cada vez que se percataba del gesto, la metía en el bolsillo, solo para volver a encontrársela entre sus juguetones dedos al poco tiempo.

- ¡Qué curioso! - Pensó.

Esa misma noche, consiguió abatir una pieza con su arco, lo que le proporcionó una cena consistente después de todo el día de raciones de pan de cereales. También había sido previsor y portaba así unos frascos que contenían el ungüento utilizado para hacer que la carne se mantuviera algunos días, con lo que no tendría problemas de comida hasta llegar a la capital.

- El problema será el agua.- Pensó.

La zona estaba muy seca, y no conocía ningún arroyo por la zona. Hasta el día siguiente no podría encontrar un punto donde llenar sus frascos de agua. Con una mueca que manifestaba lo desagradable que le estaba resultando la operación, llenó una de las vasijas con la sangre de su presa; esperando no tener que utilizarla durante el día siguiente.

Y así había sido, desde el amanecer hasta el final de la jornada había caminado buscando desesperadamente un punto donde rellenar sus vasijas y calmar su sed; mientras tanto la piedra, ya totalmente limpia, seguía deslizándose por sus ágiles dedos...

El camino, a pesar de ser llano, se hacía largo y aburrido. Además, no podía evitar que todos sus pensamientos, sentimientos y preocupaciones se apoderaran de él, haciéndole evadirse durante un tiempo y tendiendo a desviarse de la ruta, con lo que tardaría más tiempo del que había previsto en llegar a su destino.

Mientras deambulaba absorto en la tristeza y el llanto de su madre, llegó a un amplio río. Era muy caudaloso y ancho, aunque de aguas muy tranquilas. Le sorprendió el hecho de desconocerlo por completo, y se preguntó cuánto se había desviado de su camino... La piedra azul estaba en sus manos.

Siguiendo el cauce durante unos metros, encontró un lugar propicio para encender un fuego, cocinarse la cena y pasar la noche. También existía la posibilidad de darse un baño, lo cual contribuyó a subir su mermada moral.

Preparó todo lo necesario y se metió en el agua, con la piedra entre sus manos una vez más; había estado preparándola inconscientemente durante dos días para hacerla volar sobre el agua del río.

Cenó, disfrutando del momento de tranquilidad y jugueteando con la piedra, estaba seguro de que daría muchos saltos cuando la lanzara. Dejó todo preparado para acostarse en un improvisado vivac y se dirigió al río con la piedra.

Pensó en las que había tirado a lo largo de su vida. Algunas dieron dos saltos, otras tres, otras solo uno... Nunca se puede saber cuántos saltos dará una piedra antes de tirarla. Esta parecía perfecta, tenía las medidas más apropiadas, y había estado preparándola durante mucho tiempo. Sonrió. Estaba ansioso por saber hasta donde llegaría.

Tomo impulso con el brazo y liberó por fin aquel fragmento azul que le había acompañado todo ese tiempo...

La piedra se hundió en el primer contacto con el agua.


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