lunes, 17 de septiembre de 2012

La razón y el corazón

Se dejó caer, presa de la decepción que sentía hacia él mismo, junto a un gran tronco. La tormenta se había hecho bastante intensa, pero las ramas del árbol eran espesas y les protegían de la lluvia. Tárax seguía respirando rápidamente, intentando recuperar el resuello. La presión del jinete había sido enorme, y el caballo se había exprimido al máximo. Tras unos instantes, la bestia se acomodó junto a su dueño.

El dolor de la pierna era muy agudo, y le había costado tanto bajarse del caballo que no se creía capaz de poder volver a subir, al menos hasta que se le pasaran los calambres que sentía en los hombros.

Intentó relajarse con el sonido de la lluvia, aunque en su mente se sucedían los pensamientos de manera constante, atropelladamente. Su comportamiento había sido totalmente irracional, poniendo en peligro tanto su vida como la de Tárax, y; si hubiera llegado a la prisión, probablemente la de su hijo... en caso de que siguiera vivo. Además, seguramente desde el centro médico hubiera salido alguien en su búsqueda, y podría haber quedado atrapado en la tormenta que se había formado... Definitivamente tenía que pedir perdón por su actitud, y estaba claramente arrepentido. Luego pensó que su comportamiento le costaría un castigo ejemplar, la pérdida de control no encajaba en la disciplina militar, y, por tanto perdería algunos privilegios, principalmente su permiso. Quizás también tuviera que hacer algún trabajo de establos o letrinas...

- He perdido la oportunidad de hacer lo que más deseaba en el mundo, que era ver a mi esposa, por un ataque de pánico, Tárax. Estoy muy arrepentido, he sido un inconsciente, espero que sepas perdonarme.

El caballo emitió un pequeño gruñido, como si hubiera entendido lo que el sargento le había dicho.

¿Acaso no era su hijo un motivo suficiente como para perder el control? ¿Qué pensaría ahora su mujer? Su cerebro agolpaba las preguntas en su mente, sin que le diese tiempo a responder ninguna... Empezaba a sentirse demasiado cansado.

La tormenta remitió, abriendo paso a la oscura capa con millones de puntos brillantes, que observaba el terreno mientras las pocas nubes que quedaban dejaban caer las últimas gotas de agua.

-Tárax, te pido un último esfuerzo, debemos llegar al puesto esta misma noche, el dolor se me hace casi insoportable. - El caballo le miró, con la pena reflejada en sus oscuros ojos.

Intentó incorporarse, no sin soltar un desgarrador grito de dolor. La venda empezaba a empaparse de sangre, la herida se había vuelto a abrir; necesitaba curación si no quería que se volviera a infectar... ya había estado a punto de perder la pierna una vez, y ahora, por su falta de raciocinio, se asomaba de nuevo al abismo.

Tras varios intentos, consiguió subir al corcel. El dolor le había hecho estar a punto de desmayarse en dos ocasiones, pero había logrado reponerse... probablemente no lo lograría una tercera. Debía llegar él solo al puesto, pues la tormenta de la noche anterior había borrado las huellas del caballo, lo que hacía prácticamente imposible que le encontrasen...

Las estrellas le seguían de lejos, aunque siempre acompañando a la creciente Luna, que vigilaba la escena arropada por unas pequeñas nubes, restos de la vorágine anterior. Intentó levantar la vista, como cada noche, pero tuvo que recostarse sobre el caballo, abatido por el cansancio y el dolor, y rezar para que Tárax supiera volver al pequeño puesto fronterizo.

Tres jinetes lo interceptaron unos kilómetros más adelante, muy cerca ya del puesto fronterizo, el capitán intentó dialogar con él, pero el cansancio hizo que esta vez sí se desmayase.


Se despertó bajo la mirada del furioso capitán.

- Espero que le haya merecido la pena el viaje Vardamir, y que comprenda que una actitud así no será tolerada. La enfermera ha dicho que necesita recuperarse, le quiero en mi despacho en cuanto pueda levantar su maldito culo de la cama. ¿Está claro?

- Sí, mi capitán. - La voz era muy débil, apenas audible.

- Bien. - El capitán salió de la sala, con aire enfadado.

Había perdido todo lo que tanto le costó reunir en los últimos meses solo por una estupidez. El desánimo y la tristeza se apoderaron de él. El día gris y tormentoso era un fiel reflejo de su corazón en esos momentos.

Alguien entró en la habitación un tiempo después, y el sargento pensó que sería la hora de comer, aunque no tenía demasiada hambre.
Sin embargo, quien entró fue el soldado con el que había hablado unos días antes.

- Solo he venido a decirle que admiro su valor, Sargento, en nuestra conversación me enseñó lo importantes que son para nosotros las otras personas, y que debemos luchar por ellas tanto como nos permitan nuestras fuerzas. Hoy, sin embargo, me ha demostrado lo que está dispuesto a hacer por su hijo, ha sido capaz de intentar lo imposible por salvarle, enseñándonos el amor que siente por él. Si no fuera por su pierna, estoy seguro de que lo habría traído sano y salvo. Tengo la impresión de que no voy a dejar de aprender nunca de usted. ¡Gracias, señor!

El chico salió de la sala precipitadamente, alegando estar de guardia y buscándose un buen lío si alguien le veía. Cuando cerró la puerta, un rayo de sol se coló entre las nubes e iluminó el pecho del hombre tumbado en la cama, justo en su corazón.

Fue entonces cuando el sargento entendió que hay veces en las que hay que escuchar más al corazón que a la cabeza...

1 comentario:

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