sábado, 4 de mayo de 2013

Una ayuda inesperada

Poco a poco comenzó a retomar la consciencia. La tela que le había tapado los ojos estaba suelta en el suelo junto a ella, y un intenso dolor en la base del cráneo le hizo suponer que se había desmayado debido a un fuerte golpe. Se dio cuenta de que sus manos no estaban atadas e intentó incorporarse, pero tardó unos segundos, pues en el primer intento a punto estuvo de caer de bruces contra el suelo. Todo le daba vueltas.

Podía sentir el intenso olor a sopa de cebolla con venado que había aparecido en su sueño bajo el árbol. El aroma procedía de un enorme caldero junto a la chimenea de la cabaña. Se preguntó qué hacía allí, por qué le dolía tanto la cabeza y por qué había un plato vacío, un vaso y una cuchara de madera sobre la mesa, como esperando a ser utilizados para servir una ración de sopa.

Estaba sentada en una cama cuyo colchón estaba relleno de paja; la cabaña era humilde. Estaba construida en piedra y se encontraba pobremente decorada; aún así contaba con una cama, una mesa con dos sillas y una chimenea. Había una puerta que, supuestamente llevaba a una pequeña despensa, y otra puerta junto a la cama, además de la principal, justo en frente de ella. Su arco y el carcaj estaban apoyados contra la piedra, listos para ser utilizados. Junto a ellos reposaba un gran baúl que tenía ropa de campesina perfectamente doblada, además de unos zapatos cómodos.

Miró el vestido que llevaba puesto; era el que había llevado durante varios días, el que se puso para la cena la noche en la que huyó del castillo; estaba totalmente sucio y roto por todas partes. Se alegró de poder ponerse ropa limpia. Tras levantarse de la cama, se dirigió a la puerta que tenía más cerca; la abrió y pudo ver una pequeña sala de piedra, con una minúscula ventana y una modesta bañera en el centro. La bañera estaba vacía, pero tenía un caldero lleno de agua al lado; así que podía calentarla en la chimenea.

- ¡Cuánta amabilidad! - Pensó.

El relincho de un caballo y una suave voz femenina la sacaron de sus pensamientos. Momentos después una humilde mujer entró en la cabaña. La mujer era de corta de estatura, rechoncha y con una piel tan colorada que parecía salida de una sauna. Respiraba atropelladamente.

- ¡Por fin te has despertado! ¡Rápido, tenemos que salir de aquí!
- ¿Quién es usted? ¿Qué está pasando?

Antes de que le diera tiempo a contestar, una saeta rompió el cristal de la ventana y se clavó junto a la chimenea.

La mujer se tiró al suelo mientras gritaba fuera de control y otra saeta se clavó justo al lado de la primera.
La Princesa de Ojos Esmeralda se dirigió rápidamente a por su arco, colgó su carcaj a la espalda y se asomó a la ventana.

Dos ballesteros recargaban su arma mientras una silueta se les acercaba por detrás.
Todo sucedió muy deprisa. Una tercera saeta se clavó junto a la chimenea, de nuevo. En lugar de la cuarta, se oyó un sonido ahogado, y un gorgoteo antes de que un cuerpo cayera inerte al suelo. La extraña silueta, posiblemente el dueño de la cabaña, acababa de cortar el cuello de uno de los ballesteros.

La mujer lloraba y respiraba entrecortadamente, era inútil decirle algo, sabía que no la escucharía.
Una serie de maldiciones se oían desde fuera y el familiar sonido que acompaña a un desenvainar de espada dio comienzo a la poesía de metal.

Cargó su arco y se asomó por la ventana, el cristal estaba destrozado, así que podía intentar abatir al ballestero mientras luchaba con el campesino. Tensó, intentando apuntar.

La puerta se abrió a su izquierda....


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