miércoles, 23 de octubre de 2013

Una alegre mañana

El primer rayo de sol que presentaba al amanecer acarició sus ojos. Antes de abrirlos volvió a percibir, una vez más, el característico y aborrecido olor del desayuno. Como cada día, la misma enfermera entraba justo con la primera luz del alba, daba cuatro ruidosos pasos y dejaba el mismo cuenco en la misma mesa, acompañado, como siempre, de un vaso lleno de agua.

- ¡Buenos días, sargento! ¿Cómo se encuentra hoy? - Una y otra vez volvía a escuchar las mismas palabras al despertarse.

- Supongo que mejor que ayer y peor que mañana... Buenos días. - Por enésima vez esas volvían a ser las primeras palabras que pronunciaba cada día. - Y gracias por el desayuno, siempre tan puntual... 

- Es mi trabajo, señor Vardamir. ¿Quiere acompañarme en mi ronda matutina? - El sol comenzaba a abrirse camino, empujando la oscuridad de la noche y bañando de luz la habitación, donde todavía se desperezaban las sombras de los objetos que había sobre la mesa, como todos y cada uno de los días desde no recordaba cuándo.

- ¡Está bien! ¡Vamos a dar una vuelta!

-D... de acuerdo, ¿le ayudo a levantarse? - La novedosa respuesta dejó paralizada por un segundo a la mujer, cuya voz tembló al transmitir su respuesta.

Antes de que acabara de formular el ofrecimiento tenía al hombre a su lado; un ágil movimiento le había permitido salir de la cama y colocarse junto a la enfermera. Ni rastro del dolor en la pierna.

-Vaya, parece que la recuperación va por buen camino. Me alegro mucho, sargento. 

- Me he dado cuenta de que no podía hacer nada más que esperar, así que decidí tomarme las cosas con calma y hacer todo lo posible por estar sano y fuerte cuando la herida cicatrizara... Espero poder salir de aquí cuanto antes...

-Desde luego; si puede moverse de esa forma sin dolor no le debe quedar nada de tiempo... - La mujer hizo una pausa y tocó el brazo del sargento.- Señor... si va a venir, tiene que ser ya, he de llevar el desayuno al resto de los soldados.

- ¡Vamos! - El padre de Mahtan comenzó la marcha con paso firme, ofreciéndose incluso a portar el carro con los desayunos que quedaban por repartir. Las desgastadas muletas, fieles compañeras suyas durante su estancia, observaban la escena olvidadas en una esquina.

El resto de la mañana transcurrió plácidamente. Los enfermos se alegraron al ver cómo había mejorado, y él les administraba dosis de buen humor y entusiasmo, animándoles y deseándoles una pronta recuperación. Incluso consiguió hacer sonreír por primera vez en mucho tiempo a un pobre mutilado: un arquero de reconocimiento que había sufrido un terrible accidente mientras hacía una ronda de exploración. Su caballo trastabilló en una roca suelta y se partió ambas patas, haciéndole caer y aplastándole las piernas con la mala fortuna de que el carcaj de flechas envenenadas había quedado en medio. Una vez infectado, solo la amputación en las siguientes horas había salvado su vida... aunque también la había ensombrecido largamente.

- Creo que estoy listo para volver.- El paseo había sido muy agradable, pero su estómago rugía pidiendo las ya no tan desagradables gachas.

- Haré lo posible para que sea cuanto antes. Gracias por acompañarme. - Un leve destello carmesí apareció en las mejillas de la enfermera.

- Gracias. Volveré a mi cuarto, el desayuno me espera. - Dedicó una tímida sonrisa a la mujer que le había cuidado durante todos esos días.

Volvió sobre sus pasos, contento de haber salido del agujero, contento de saber que pronto las sombras de la soledad desaparecerían y volvería a encontrarse con la dueña de sus sueños.
Instintivamente comenzaba a imaginarse sobre un caballo de vuelta a casa...


4 comentarios:

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  2. Hay que tener mucho valor para vencer a la rutina y a la tristeza que tienen brazos largos pero no hay nada tan fuerte como el amor verdadero :)

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    1. Si que los tienen, sí :). Gracias por estar ahí. Besos

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  3. El sargeto se restablece tranquilamente, pues justo esos días pensé que ya hacía tiempo que no te leía.
    Sigue en tus escritos, con un abrazo.

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