martes, 7 de octubre de 2014

La soledad del viajero

Esta vez fue él quien abrió la puerta de la habitación para dejar entrar a la mujer justo cuando el primer rayo de sol se dividía en mil pedazos tras atravesar la ventana y lamer la daga que descansaba junto a la mesa.

- ¡Buenos días!
- Vaya... ¡buenos días!

El sargento llevaba un papel doblado en la mano, atado con un hilo a una preciosa rosa.

- Hoy vuelvo a casa, pero no podía abandonar este lugar sin agradecerle de corazón todo lo que ha hecho por mí.

La mujer tardó unos segundos en reaccionar. Se quedó paralizada, incapaz de hacer ningún gesto o de emitir sonido alguno. La reacción llegó acompañada de un súbito enrojecimiento de toda la cara

- Gracias... la verdad es que no sé qué decir.

- No hace falta que diga nada, era un pequeño detalle que quería tener con usted. - Tomó la bandeja del desayuno y la posó sobre la vieja mesa. - Siento no poder acompañarla hoy, pero quería desayunar lo más rápidamente posible e irme a casa. Supongo que lo comprenderá.

- ¡Por supuesto! Me alegro de que ya se haya recuperado. Le echaremos de menos por aquí, pero no diré que espero que vuelva. - Una sonrisa de complicidad se dibujó en el rostro de la enfermera, que  poco a poco iba volviendo a la normalidad.

La habitación se iluminaba lentamente, y el hombre ya se encontraba solo. Devoró el monótono desayuno tan rápido como le permitió la cuchara y se encaminó como un rayo hacia la cabaña del oficial responsable.

- Buen viaje a casa, Vardamir. - Recuerde que tiene dos meses de permiso hasta que le volvamos a llamar.

Eligió un caballo de la caballeriza, pidió que lo ensillaran y fue al almacén a por suministros; el viaje duraría un par de días. Aunque conocía una posada a mitad de camino, prefirió avituallarse bien.

Recogió al caballo y partió a casa... de nuevo a casa.

Volvería a abrazar a sus hijos. Pero también a ella, a la mujer que tanto amaba, a la que siempre veía reflejada en la luna. Hasta en las más oscuras noches ella siempre tenía un lugar iluminado en el firmamento de su corazón. Volvería a tocarla, a mirarla como el primer día, a besarla y acariciarla. Volverían a pasear juntos de noche, como siempre habían hecho. Solo serían dos meses, pero eso no importaba ahora. Su cabeza solo tenía un pensamiento.

Atrás quedó el sufrimiento, el miedo y la espera insoportable en aquella cama, las muletas, los desayunos repetidos hasta la saciedad. Atrás quedaban también las escenas en las que había mirado a la muerte a la cara, el dolor en la pierna y la soledad.

Mientras se alejaba, una silueta le observaba desde la ventana de la habitación, triste y contenta a la vez.  La rosa descansaba boca abajo junto a la cama.

Ni siquiera estuvo tentado de mirar atrás, y el terreno que había por delante tampoco importaba mucho, sabía qué dirección tenía que seguir y que solo era cuestión de tiempo.

El día transcurrió largo y aburrido, haciendo las paradas necesarias para que el caballo descansase. Él no se sentía cansado, de hecho no le habría importado cabalgar toda la noche. Lejos de reposar junto al animal, se internaba en la espesura en busca de frutos silvestres que recogía y compartía con la bestia. También daba paseos o practicaba con el arco. No podía estar quieto, los nervios cada vez eran más intensos.

La claridad ya agonizaba cuando llegó a la posada. Dejó al caballo descansando y se acostó tras tomar una jarra de cerveza. Apenas durmió esa noche, esperando que pasara lo más rápidamente posible para seguir el camino.

Despertó a su compañero de viaje antes que el amanecer y se pusieron de nuevo en camino.

Volvía a casa una vez más... pero esta vez no era el único. Dos personas más se dirigían al mismo lugar...

1 comentario:

  1. El regreso al hogar después de cierto tiempo vuelves con alegrías, sin cansancio y dejando un atrás del que no quieres volver.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar